Martes 01 de Abril de 2014 - 10:11 AM

Incultura, la reina de Metrolínea

Un recorrido durante horas pico evidencia el poco respeto de los ciudadanos en Bucaramanga. Al retraso de los buses, el exceso de velocidad y la congestión, se suma el mal comportamiento de los pasajeros, los insultos a conductores y el pésimo uso que le dan a torniquetes, barandas y sillas. De todo se ve en Metrolínea en una hora pico. Muchas quejas, pocas ideas para mejorar.

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Laura Herrera / VANGUARDIA LIBERAL
Sin importar que las cámaras los captaran, estos jóvenes no quisieron bajar de los torniquetes de una de las estaciones. Esta imagen se repite a diario en todo el sistema.
(Foto: Laura Herrera / VANGUARDIA LIBERAL )
Archivo/VANGUARDIA LIBERAL
Así esperan el bus los pasajeros en las estaciones de la vía a Piedecuesta. Las puertas terminan atoradas por la manipulación indiscriminada de los viajeros.
(Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)
Javier Gutiérrez/ VANGUARDIA  LIBERAL
Esta mujer, sin importar el tráfico, cruza la autopista exponiendo su vida. A pocos metros se ubica un puente peatonal en el secto El Bosque.
(Foto: Javier Gutiérrez/ VANGUARDIA LIBERAL)

Quejas y más quejas. Esto es lo que se escucha entre las 12:00 y las 12:10  del mediodía en la estación de Metrolínea en San Mateo, centro de Bucaramanga. El lenguaje soez y despectivo que utilizan los pasajeros contra el sistema y los comentarios en contra de los conductores y empleados de las cabinas donde se recargan las tarjetas no auguran un recorrido tranquilo.

Tras varios minutos de espera, una mujer que carga tres pesadas bolsas con mercado logra pararse junto a la puerta de la estación. Busca tomar un bus articulado. Ese no era su día de suerte, pues no contaba con la intempestiva llegada de cuatro estudiantes de colegio, quienes luego de pasar por debajo del torniquete, la empujaron y por poco la hacen caer. Para ellos pareciera que esto fuera una competencia. Para ella, en realidad, era la opción de llegar a casa.

La mujer se queja y a cambio recibe un insulto. Además, le escupen sus zapatos. ¿Alguien dijo algo? No. “Eso le pasa por hacerse al lado de la puerta. ¡Vieja bruta!”, vocifera un hombre que ve el infortunado momento.

El bus articulado parte con los pocos pasajeros que logran subirse y sumarse a la multitud. La mayoría viaja como una sardina dentro de una lata junto a las puertas, mientras los pasillos internos del vehículo van vacíos. Nadie se corre. Todos quieren ser los primeros en bajarse en la estación que les sirve, así sea en Piedecuesta.

El ruido que produce el celular que una joven carga en sus manos se confunde con el mensaje que sale de los parlantes de la estación. “Metrolínea recoge en el día más de 180 kilos de desechos”. Es evidente que ella no lo escucha, pues al terminar de tomarse el agua de una bolsa, la arroja al piso de la estación. ¿Alguien la reprocha? “¡Qué tal la ‘ñera’ esa!”, comenta una mujer. “No se le pude decir nada, porque mínimo saca el puñal y se lo entierra a uno”.

 A las 12:10 pm. el calor es insoportable. El conductor hace todo lo posible porque los cuerpos bailen de lado a lado dentro del bus y frena de manera descontrolada. Una anciana que intenta sujetarse a una de las barandas que está junto al acordeón o resorte del articulado comenta: “Este bus se va a partir como el de Bogotá. Trate de correrse hacia la puerta”.

Las cumbias y el vallenato de los celulares de estudiantes de colegio acompañan el viaje de los hambrientos y somnolientos pasajeros. Sube la temperatura. La brisa no entra al bus, porque una mujer sentada junto a la ventana, que lleva un tapabocas puesto y que asegura estar resfriada, mira desafiante a los que viajan de pie. “¡El que la abra se la cierro!”, dice. 

El reloj avanza. Son las 12:20. Taxis, vehículos particulares y motocicletas transitan por el carril exclusivo, sin importar que el paso por allí esté prohibido y retrasan el recorrido. Ningún agente de Tránsito hace presencia. Finalmente, hemos llegado a la estación de Provenza, una de las más concurridas. La mayoría de pasajeros tiene mal genio. Los que suben y los que bajan lo hacen sin control, empujados por la multitud. Todos buscan quedar en la puerta, mientras los pasillos del bus se quedan vacíos.

En la estación de Cañaveral una joven pasa una y otra vez la tarjeta. Al parecer, no tiene carga. “Salí de la casa y se me olvidó recargar”, se excusa. ¿Tiene que me venda un pasaje?”. Un hombre que la observa le dice que recargue en la entrada de la estación, pero ella insiste en que le vendan el tiquete.

Furiosa porque nadie le presta atención, intenta pasar el torniquete y este se traba. Ella, como si nada, se voltea y sale de la estación.

Mala educación

El recorrido en la hora pico en la noche (6:10 p.m.) no es nada distinto al del mediodía. Jóvenes sentados en las barandas de las estaciones, niñas aún con uniforme sentadas en los rincones del lugar comentando sus travesuras, vendedores de tinto con sus canastos, secretarias aferradas a sus bolsos y uno que otro pasajero que viaja con sus audífonos a todo volumen.

Pero el rostro cansado de algunos pasajeros cambia cuando un grupo de muchachos con camisetas de equipos de fútbol entra a la estación de Diamante, luego de cruzar la autopista y saltar las rejas. Ningún policía hace presencia, así que ellos celebran su osadía.

Unos saltan y golpean los letreros que indican los recorridos. Otros se insultan y se golpean, mientras el resto molesta las puertas. A pesar de que hay cámaras, ningún funcionario de Metrolínea hace presencia en el lugar.

El desorden es insoportable y el bus nada que llega. “Han pasado 15 minutos y nada. Ahora con esta gente acá metida, ¿qué tal se agarren a cuchillo?”, me comenta un hombre que espera la ruta hacia Piedecuesta.

Por fin llega el padrón P3. A diferencia de otros vehículos, este no va muy lleno, así que muchos aprovechan para subirse. El grupo de jóvenes desordenados también lo hace.

Nadie tiene opción de tomar una silla verde o azul. Ellos las ocupan sin importar que allí viajen ancianos.

Insultos vienen, insultos van. En la estación de Cañaveral todos descienden del vehículo y se quedan allí por varios minutos, hasta que se despiden a escupitajos.

¿Qué hacer?

Algunos usuarios comentan que es necesaria la presencia constante de policías o de algún grupo de vigilancia, para que hechos como estos, o lo ocurrido semanas atrás cuando un grupo de jóvenes quiso fumar marihuana en un bus, no se repitan.

Al conversar con varios pasajeros expresaron que la mala imagen que tiene el sistema se debe a que muy poco se le ha cumplido a la ciudad, que la expectativa de su servicio fue muy grande para lo que en realidad funciona. Sin embargo, otros de los entrevistados poco responden en el momento de preguntarles ¿qué tanto hace usted por Metrolínea?

La pregunta fue incómoda. Algunos dijeron que mucho, pues jamás se han subido sin pagar y porque han cedido las sillas a los ancianos, niños y mujeres embarazadas. Otros afirman no hacer nada, porque no se sienten satisfechos con el servicio que prestan los buses y que se ven obligados a usarlo, porque les quitaron el transporte tradicional.

“Si me dieran un bus, lo primero que haría sería pitarle a todo el que se meta al carril exclusivo, como los motociclista, para que se asusten y se salgan”, responde un joven, mientras mira por la ventana a una mujer que intenta cruzar la autopista con sus dos hijos pequeños.

Entonces, a manera de conclusión, ¿qué hacer para mejorar? ¿Campañas de cultura ciudadana, comparendos o ‘mano dura’?

¿Acaso la solución a las fallas que presenta Metrolínea desde su puesta en marcha (diciembre de 2009) es la inyección de dinero, la compra de más flota o los paros de los empleados?

Lo cierto es que, ante este panorama, lejos estamos en la ciudad de tener un “sistema de transporte democrático”, como lo llaman los expertos en movilidad Enrique Peñalosa y Antanas Mockus.

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Publicada por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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