Lunes 07 de Abril de 2014 - 03:32 PM

Travesía por un campo minado en San Vicente de Chucurí

A cinco horas de Bucaramanga, en la vereda Alto Viento, de San Vicente de Chucurí, 25 soldados profesionales, al mando de cinco suboficiales, realizan uno de los trabajos más peligrosos del mundo: ubicar y destruir minas antipersona. Vanguardia Liberal recorrió junto al Batallón de Desminado Humanitario un campo minado, catalogado como área peligrosa.

Comparta este artículo ›

Julio Alvarado/VANGUARDIA LIBERAL
Los integrantes del Batallón de Desminado Humanitario, trabajan desde las 6:30 a.m. hasta las 2:30 p.m. Cada hora se relevan para que descansen y se hidraten.
(Foto: Julio Alvarado/VANGUARDIA LIBERAL )

Enclavada en un cerro, a dos horas del casco urbano de San Vicente de Chucurí, se vislumbra la vereda Alto Viento, una extensión de tierra que en las madrugadas es acariciada por la espesa niebla y en las tardes agitada por el ardiente sol, que en ocasiones eleva la temperatura hasta los 30 grados.

A pesar de la tranquilidad que desde hace una década se respira en la zona, que fue azotada entre los años ochenta y noventa por el Eln, las Farc y las Autodefensas Unidas de Colombia, un enemigo silencioso, invisible y letal no deja de amenazar la seguridad de sus habitantes.

Son las minas antipersona, sembradas en las que fueron zonas de interés de los grupos alzados en armas, como estrategia de guerra para asegurar territorios y frenar el paso del adversario.

Hoy, a pesar de que estos actores del conflicto armado desaparecieron de la zona, el miedo sigue latente, porque bajo tierra, cerca de escuelas, en caminos veredales, estanques de agua, cultivos, potreros y fincas, dejaron instalados campos minados.

En la boca del lobo

Para conocer en detalle cómo se rastrea en Santander a este “enemigo invisible” –así suelen llamar los militares a las minas antipersona–, partimos en camioneta desde San Vicente de Chucurí hasta llegar a ‘El Mirador’, el punto más alto del cerro, que tiene una imponente vista de 360 grados. 

Allí, a tan sólo 200 metros de una escuela, fue hallado un campo minado, que es intervenido por miembros del Batallón de Desminado No 60 coronel Gabino Gutiérrez, desde febrero de este año. Un área total de 8.420 metros cuadrados fueron acordonados y su acceso es restringido.

El coronel Wilson Fernando Baquero Rodríguez, comandante del Batallón de Ingenieros No.5, cuenta que allí existió un campamento base de los paramilitares, que fue un área estratégica, porque tenían visualización de toda la zona y servía de corredor de movilidad.

Aunque en principio la tranquilidad del paisaje se refleja en las suaves caricias que la brisa hace sobre los móncoros, cedros, ceibas y matas de cacao, al recordar que estamos en un campo minado la angustia y el miedo borran de tajo la belleza de la naturaleza.

Llegó la hora. Estoy a punto de caminar en una zona catalogada como “peligrosa confirmada”, es decir, un campo minado, algo que cualquier ser humano pensaría dos veces. Sin embargo, no había opción de decir “no”, porque para eso estaba allí.

Mi respiración se agitó. Se me hizo un nudo en el estómago y empecé a sudar. La risa nerviosa me delataba con los instructores, quienes contrario a mi semblante, se veían seguros y tranquilos.

Abrí los brazos y uno de los guías me puso un chaleco de blindaje tipo tres, que pesa alrededor de 15 kilos. Luego, sobre mi cabeza, puso una careta gruesa de dos kilos.

Caminamos 15 metros y ya estábamos en la antesala del campo minado, listos para ingresar. Con las palpitaciones al límite y justo cuando pensé estar armado de valor, faltaba el último requisito, ese que me hizo ser consciente de que podía entrar, pero tal vez no salir.

“Vamos a llenar estos datos en caso de una emergencia. Tipo de sangre, edad, nombre, teléfono…”, dijo el enfermero, mientras llenaba el formato de rigor.

Me encomendé a Dios y empezamos a caminar por un sendero delimitado que nos separa de las áreas que no han sido registradas y donde probablemente hay minas sembradas.

De hecho desde el año 2012, cuando llegó el Batallón de Desminado Humanitario a San Vicente de Chucurí, han sido halladas un total de 49 minas antipersona, en 36 zonas áreas intervenidas, que corresponden a 68.995 metros.

El miedo se disipó y mis emociones se controlaron. Pronto olvidé el latente peligro y me concentré en el trabajo de los buscaminas, hombres que a diario arriesgan sus vidas para salvar otras.

Un verdadero héroe

Tiene 31 años, de los cuales ha pasado ocho en las filas del Ejército. Es casado y padre de tres hijos de 15, 6 y 2 años, quienes viven en Soacha, Cundinamarca.

Por cada tres meses de trabajo descansa 15 días, es decir, en un año sólo puede compartir con su familia dos meses, porque el resto del tiempo debe estar internado en un campo, enfrentando cara a cara a la muerte, buscado minas antipersona.

Su jornada de trabajo es de lunes a sábado y va desde las 6:30 de la mañana hasta las 2:30 de la tarde, labor por la cual al mes recibe $1’300.000.

Su nombre es Óscar Javier Montenegro, y es uno de los 25 soldados profesionales que trabajan en la vereda Alto Viento, buscando y destruyendo minas antipersona.

“Lo más duro de estar acá es la familia. Aunque hablo con ellos por teléfono todos los días, me pierdo de las fechas especiales. Por eso cuando salgo de permiso, disfruto con ellos al máximo esos 15 días. Cuando no los tengo, entonces contemplo sus fotos por horas”, dijo Montenegro.

Sus nervios son de acero y parece no tenerle miedo a nada. Cuenta que hace cinco años, cuando aún no hacía parte del Batallón de Desminado Humanitario, patrullaba por el corregimiento La Colonia, en Villa Rica, Tolima, y uno de sus compañeros pisó una mina.

“El estallido fue tan tremendo, que le amputó la pierna de una vez. El enfermero lo auxilió y debimos quedarnos quietos por varios minutos mientras registraban la zona en busca de más minas. Finalmente a mi compañero lo evacuaron en un helicóptero”, narró Montenegro.

Esta experiencia, que para muchos sería traumática, no hizo mella en el soldado Montenegro, quien tras un riguroso entrenamiento, dejó de patrullar las montañas del país y se integró al Batallón de Desminado.

“Lo que me hace feliz de mi trabajo es que entregamos las tierras libres de minas para que los niños puedan jugar allí, para que los campesinos cultiven. No niego que me da miedo que una mina de esas se me explote, pero desde que haga mi trabajo con todo el rigor me encomiendo a Dios y que sea lo que él quiera”, puntualizó este héroe de apellido Montenegro.

Publicidad
Publicada por: JULIO CÉSAR ALVARADO
Vanguardia Liberal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia Liberal se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.