Lunes 28 de Abril de 2014 - 10:12 AM

El Gabriel García Márquez que conocí

Para unos fue tan solo un jefe, para otros una persona digna de admirar. Algunos aseguran que luego de conocerlo, prefirieron quedarse con la imagen de García Márquez escritor. Hay quienes conservan sus libros como tesoros, pues fue el mismo Nobel quien se los obsequió y los firmó.

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Archivo/VANGUARDIA LIBERAL
El Gabriel García Márquez que conocí
(Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)

“Maestro, mi esposa no me perdonaría si regreso a Bucaramanga y no le llevo un autógrafo suyo. Por favor, ¿me puede firmar esta tarjeta?”.

Emocionado y con la ilusión de que quedaría “como un príncipe” con su esposa, César Flórez, reportero gráfico de Vanguardia Liberal, se acercó a Gabriel García Márquez un día cualquiera de 1998. Era la primera vez que lo tenía cerca, en medio de un grupo de reporteros gráficos y de periodistas del continente, en un taller de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi, en el periódico El Universal de Cartagena.

César Flórez recuerda que muchos de los asistentes salieron corriendo del periódico en busca de libros y de cualquier papel para que Gabo plasmara su firma. Él solo observaba al escritor. Su mirada expresaba incomodidad y de su rostro nunca salió una expresión de alegría.

“Lo único que recibí fue una negativa. ‘¡Yo no firmo tarjetas, cómprate un libro!’, me dijo Gabo frente a todos. Supe que no debía insistir y le di la espalda”, cuenta el fotógrafo.

Cientos de historias como estas, unas más afortunadas que otras, han salido a la luz desde que Gabriel García Márquez falleció el pasado jueves santo, 17 de abril, en Ciudad de México. Amigos cercanos, conocedores de su obra y críticos de sus libros y de su forma de ser, se han encargado de revelar toda clase de detalles sobre el Premio Nobel que vale la pena recordar. Pero también están quienes solo tuvieron una oportunidad de encuentro y se quedaron con esa impresión.

Entre lagartos y fiestas

José Luis Novoa, quien trabajó en la Fnpi como coordinador entre los años 2001 y 2005, comenta que siempre le tocó un Gabo rodeado de mucha gente, “de lagartos”, quienes mostraban la misma emoción que se manifiesta frente a The Beatles o The Rollings Stones. “Vi llorar niñas solo por ver a Gabo. Suscitaba una emoción de estrella de rock tremenda”, comenta el coordinador del Proyecto Antonio Nariño, PAN.

“Tuve pocos momentos para hablar con él. Una vez en un hotel cercano a la casa de Gabo, en Ciudad de México, nos quedamos Mercedes, Gabo y yo solos, conversando sobre la Fundación y otras cosas. La verdad no duramos ni más de cinco minutos hablando, cuando nos interrumpieron y se lo llevaron”, recuerda José Luis.

“Otro día en la casa de Alma Guillermoprieto, en una de las reuniones más íntimas que tuvimos, Gabo se sentó a mi lado y me preguntó sobre la situación de Colombia. Dije tal vez dos o tres bobadas y a los cinco minutos me lo habían robado”, añade el periodista.

José Luis asegura que junto al Nobel siempre manejó un bajo perfil. “Para mí me era embarazoso que me firmara algún libro o tomarme fotos”, expresa.

La periodista Claudia Marcela Mejía, quien trabajó para la Fnpi en 2008, relata que durante la organización de la entrega de premios de periodismo en Monterrey, México, el dueño del hotel donde se hospedaba la organización le pidió que le hiciera firmar el libro de su hija (‘Cien años de soledad’) por el Nobel. Para la actual comunicadora de la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad Pontificia Javeriana de Bogotá, la situación fue incómoda, pero accedió. De paso, recuerda, aprovechó para que Gabo firmara su libro ‘El otoño del patriarca’, pues “él siempre decía que si quería que lo recordaran por algún libro debía ser ese”, añade.

“A García Márquez le parecían bastante aburridos los espacios formales, en especial los seminarios, que se pegaba sus voladas para sentarse en cualquier lado y conversar. Recuerdo que lo busqué, le llevé los libros y los firmó, pero lo que más me gustó de ese momento fue haber conocido a Jaime García Márquez, su hermano, un conversador maravilloso”, cuenta la periodista.

Tanto José Luis Novoa como Claudia Mejía guardan en sus recuerdos las rumbas en “antros” y las cenas en restaurantes de México con el escritor.

“Recuerdo que fuimos a un bar oscuro. A la voz de Gabo fuimos muchos. A las 3:00 de la mañana muchos terminaban cantando rancheras. Gabo bailaba, cantaba y los acompañaba. Esa ceremonia secreta perduró hasta por siete años”, dice José Luis.

“Le dieron una serenata en un restaurante después de la ceremonia. No dudó en pararse a bailar con su prima, María Fernanda Márquez. Se divertía y nunca dejó de ser un coqueto”, concluye Claudia.

“Gabo tenía razón”

Un día llegó el rumor a un edificio de Bocagrande, en Cartagena, de que Gabo visitaría un apartamento que quería comprar. Allí, unos pisos más abajo, preparando un concierto que ofrecería la Orquesta Sinfónica de Antioquia, en la iglesia de Getsemaní, estaba Sergio Acevedo, actual director de la Orquesta Sinfónica de la Unab.

“Subí con un amigo y logré saludar a Gabo. Lo hizo amablemente. Le conté que daríamos un concierto y me preguntó por el programa. La verdad era bastante popular, no había nada profundo y denso. Recuerdo que incluía la canción ‘Prende la vela’. Su respuesta fue: ‘No hay ningún plato fuerte’. Tenía razón. No me molesté, pues era un melómano y tenía buen gusto musical”, comenta Sergio.

Reacción sorpresa

Durante la entrega de Premios Simón Bolívar en Bogotá, en el año 1984, la Unidad Investigativa de Vanguardia Liberal, liderada por la periodista Silvia Galvis, asistió a la ceremonia a recibir una mención especial. En esa ceremonia, según recuerda uno de los periodistas que estuvo presente, estaba Gabriel García Márquez en la mesa principal.

En esa época, según recuerda el protagonista de esta historia, el escritor hablaba sobre crear un periódico independiente, distinto a los que existían, llamado ‘El Otro’. “Subí a recibir el premio con mis compañeros. Gabo me felicitó entusiasmado y me dio un fuerte abrazo. Cuando le pregunté por ‘El Otro’, me separó de su lado de forma brusca y le cambió el semblante. Me miró muy mal y no supe qué le molestó. Fue una reacción sorpresa y que me mostró mucho de lo que era este personaje”, añade.

Situación distinta vivió el periodista y director del periódico Q’hubo Bucaramanga, Hellman Villamizar Daza, quien además de conocer al Nobel en un taller de la Fnpi en Cartagena, conversar largo y tendido, “de costeño a costeño”, recibió de sus manos como regaló dos libros de su colección (‘Doce cuentos peregrinos’ y ‘Diatriba de amor contra un hombre sentado’). “¡Ajá y tú no tienes ninguno para que te lo firme!”, me dijo luego de firmar decenas de libros, entre esos los del periodista español Carlos Arroyo, del periódico El País de España, que eran todos piratas, porque Arroyo corrió a comprarlos y no se percató de las ediciones”, comenta Hellman.

“Le respondí que no tenía dinero suficiente para comprar libros originales y que no me arriesgaría a una vaciada de él. Entonces le dijo a su hermano, Jaime García Márquez, que le recordara buscar unos en su casa y llevarlos al taller en la tarde. No guardé la ilusión, pero en la tarde llegó Gabo. Jaime traía los libros en la mano y me dijo: “¡Paisano, aquí está lo que le prometí!”.

LO QUE HIZO POR LA PAZ

Heriberto Sánchez, abogado y docente santandereano, resalta de Gabo su lucha constante por alcanzar la paz. “Esto lo hizo ser un luchador constante y la paz era otra de sus grandes obsesiones. Creo que Colombia no tiene cómo agradecerle todo lo que él hizo en ese sentido”, añade.

Sánchez expresa que no está de acuerdo con la gente que se refiere de mala manera al escritor, porque no hizo nada por su pueblo, como regalarle un acueducto, por ejemplo. “Él estaba dedicado asuntos más importantes, como la ruptura con el periodismo tradicional y el interés de establecer una escuela de periodismo dentro de los criterios que él manejaba, que son los más acertados. No se puede negar que él ha sido el periodista más importante que ha tenido el país”, expresa el abogado.

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Publicada por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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