Martes 24 de Junio de 2014 - 09:28 AM

De la cárcel a la libertad: “Es posible cambiar y hallar una oportunidad”

Abandonó su vida como militar, se unió a una banda delincuencial y pagó 10 años en prisión. Hoy, de la mano de la Personería de Bucaramanga, trabaja en Derechos Humanos, brinda asesoría a los internos de la Cárcel Modelo en sus procesos y lidera proyectos para sacar a los jóvenes del norte de ‘parches’ y pandillas.

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Didier Niño / VANGUARDIA LIBERAL
De la cárcel a la libertad: “Es posible cambiar y hallar una oportunidad”
(Foto: Didier Niño / VANGUARDIA LIBERAL)

¿Usted qué haría si llega a la puerta de su casa u oficina un expresidiario y le pide que le dé trabajo para salir adelante?

Augusto Rueda González, personero de Bucaramanga, recuerda el día en el que William Figueroa entró apresurado a su oficina. Desde el momento en el que William dijo que acaba de salir de la cárcel y que había purgado una pena de 10 años por hurto, solo dos preguntas rondaban el pensamiento de Rueda González: “¿Qué podrá hacerme? ¿Me hará daño?”.

“Doctor, usted nos dijo en la Cárcel Modelo que todos teníamos una oportunidad, que cuando lo necesitáramos, le pidiéramos ayuda. Aquí estoy. ¿Tiene algún trabajo para mí?”, le expresó William.

La conversación se extendió por más de tres horas. Rueda no tuvo más opción que escucharlo y cumplir lo que había prometido. “William me abrió su corazón. Me di cuenta que no solo quería un empleo, quería ser escuchado”, aseguró el Personero. 

Año y medio han transcurrido desde este encuentro. William no solo ha encontrado un empleo, también cursa tercer semestre de Derecho, dicta charlas sobre su experiencia en colegios y universidades, ayuda a los internos de la Cárcel Modelo para que su defensa se adelante de acuerdo con la ley y sin que se violen sus derechos. Hoy es funcionario de la Personería. Los ojos de muchos están puestos en sus acciones, especialmente, porque tiene la tarea de convencer a jóvenes integrantes de ‘parches’ de Bucaramanga, para que se alejen de la violencia y retornen a las aulas.

“No nací para ser esto”

William Figueroa ingresó al Ejército cuando tenía 16 años. Había cursado solo quinto primaria. Llegó a ser soldado profesional, pero como asegura, esto no le bastó. Se unió a una banda de asaltantes de carreteras. El líder de la organización lo convenció de que “robarles a los ricos para darles a los pobres” no era una mala acción, que después de los robos las aseguradoras pagaban a las empresas lo robado.

La ambición por el dinero llevó a este hombre a convertirse en fletero y ‘apartamentero’. “El disfrute del dinero puede durar un día, una fiesta o en un abrir y cerrar de ojos. Cuando se delinque, jamás se piensa en eso”, recuerda William.

En 1998, tras nueve años de delinquir, fue capturado. A partir de ese momento, sin la compañía de su familia –nunca aceptaron su paso por la prisión–, solo con la voz de aliento de su abuela, William comenzó a escribir su historia en prisión. “Cuando ingresé a la cárcel pensé “no nací para esto, no me criaron para ser una mala persona”. Mientras miraba el techo de cemento de mi celda, sabía que tenía dos caminos: aceptar que había tocado fondo y que debía cambiar, o seguir de lleno en el universo de violencia que se vive al interior de las cárceles del país”, asegura. “Me puse en la tarea de entender cómo funciona en realidad la prisión. Me di cuenta que de rejas para adentro mandan los internos, de puertas para afuera el Inpec”, comenta William.

Durante 10 años logró sobrevivir a la vida gobernada por ‘caciques’, cuyos mandaderos o ‘carros’ están dispuestos a lo que sea por complacer a sus jefes y ejercer control. Vio a cientos de hombres entrar por delitos que no cometieron, a jóvenes que no sabían qué era la droga y que ahora son esclavos del consumo. Fue víctima de abogados corruptos que cobran altas sumas de dinero y luego desaparecen.

Tal vez lo que más lo marcó fue la constante violación de los derechos de los internos, que ante el hacinamiento, el desconocimiento y la falta de estudios, terminan quedando en el olvido, sin que se les preste atención a sus procesos y mucho menos a sus vidas.

Y llegó el amor…

William terminó sus estudios de bachillerato en el colegio de la Cárcel Modelo, el tercer penal donde estuvo como interno. Allí se interesó por su proceso, su expediente, los códigos, la antigua Ley 600, la Constitución y el Código Penitenciario. Se unió a los grupos defensores de Derechos Humanos, a las charlas de la Defensoría del Pueblo, a las capacitaciones que ofrecían las organizaciones que se acercan a las cárceles y en especial, a Dios.

Sus compañeros lo llamaron el ‘Doctor Figueroa’, sobrenombre que hasta el día de hoy lo identifica. Empezó a ser solicitado por los internos y sus familiares, para que les despejara dudas en los procesos. Un día vio llegar a un joven al Patio 5 de la Cárcel Modelo, que caminaba asustado. Le contó que provenía del campo, que estaría 25 años en prisión por la muerte de un amigo. “No lo maté. Estábamos de cacería y el arma se me disparó. No supe qué hacer. Salí corriendo y aquí terminé. Mi amigo murió desangrado”, le narró afligido.

Poco hizo William por este hombre, pues tenía un defensor de oficio y estaba ad portas de recibir condena. Sin embargo, le colaboró para que el caso tuviera eco en la Defensoría, la Personería y otros estamentos.

Con la ayuda llegó la amistad, y fue este hombre quien le presentaría a William a quien sería su esposa y la madre de su hija. “No todo lo que ocurre en prisión nos perjudica”, asegura al recordar que su esposa lo conquistó con los exquisitos platos que le preparaba y le llevaba a prisión.

Un futuro mejor

William es hoy auxiliar en la Personería de Bucaramanga, en el área de Derechos Humanos. Su historia no solo ha tocado la vida de los funcionarios de esta dependencia y la de los internos de la Cárcel Modelo, a quienes ayuda sin descanso. Se ha convertido en el motor para llegar a uno de los puntos más neurálgicos de la sociedad bumanguesa: los ‘parches’ o pandillas de jóvenes en sectores vulnerables.

Asegura que la experiencia en la cárcel le ha permitido estudiar esta situación durante mucho tiempo, pues muchos de estos menores son hijos de delincuentes que están en prisión. “Debemos acercarnos a ellos. Romper la cadena de violencia que existe y que han generado sus padres. Estos muchachos no deben llegar a prisión, no tienen que vivir esta experiencia, para dar un cambio en sus vidas”, asegura.

Las charlas y actividades en colegios y centros comunales del norte han dado algunos resultados. Allí se encuentra con los hijos de muchos de sus excompañeros de celda, y son los mismos jóvenes los que terminan narrando vivencias personales a sus amigos. “Mientras exista la corrupción, el problema en las cárceles no va a cambiar. Es posible hacer algo por los jóvenes, si se encuentran y se dan oportunidades”, concluye este futuro abogado.

Voz del experto

* Germán Salamanca, sicólogo y consejero de familia:

La problemática de los ‘parches’ o pandillas de Bucaramanga dejó de ser un fenómeno y se convirtió en la realidad, en el pan de cada día de los sectores marginales. Esto se trata de falta de oportunidades, pues son jóvenes que no trabajan y están entre los 10 y los 17 años. Tanto la Administración Municipal como los distintos entes y organizaciones sociales deben orientar sus esfuerzos en la prevención. Deben investigar qué ocurre en las familias de estos jóvenes, cuáles son sus carencias y dificultades más allá de lo económico.

En los ‘parches’ se busca reconocimiento, afecto, sentirse amado y aceptado. Entonces, debemos apostarle a la formación de líderes en los colegios y los barrios afectados por este fenómeno. Hay que articular esfuerzos entre instituciones y dejar de mirar la violencia en la ciudad de manera aislada. En las mismas familias y en círculo más estrecho de estos jóvenes, se puede encontrar una solución.

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Publicada por: XIOMARA K. MONTAÑEZ MONSALVE
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