Viernes 27 de Junio de 2014 - 03:46 PM

Entre el cultivo y el negocio de coca en el Catatumbo

Los campesinos del Norte de Santander pasaron de tener cultivos tradicionales a sembrar a principios de los ochenta, la mata de coca, que les generaba un negocio más rentable. Según los habitantes del Catatumbo, la coca les dio un “Gobierno pequeño”, es decir, salud, educación y comida.

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Entre el cultivo y el negocio de coca en el Catatumbo

La hoja de coca comenzó a llegar a principios de los años ochenta a la región del Catatumbo, Norte de Santander, debido a la expansión que tuvieron en el país los cultivos ilícitos. Sin embargo, se desconoce si entró a través de las Farc o de los campesinos, cuenta Wilfredo Cañizares, director ejecutivo de la fundación Progresar, una ONG que trabaja desde hace 23 años en esta zona del país.

Desde que los campesinos del Catatumbo empezaron a cultivar coca, el Eln se opuso, mientras que las Farc apoyaron la iniciativa como una alternativa para salir de la pobreza en la que se encontraban los cultivadores, por la imposibilidad de vender sus productos agrícolas ante la carencia de vías.

Un ejemplo claro del abandono y mal estado de las carreteras de la región lo tiene Tibú, la ciudad principal del Catatumbo, a la que se llega luego de un trayecto de tres horas y media aproximadamente, en las que se recorren 115 kilómetros desde Cúcuta, por una vía en su gran mayoría sin pavimentar, llena de huecos, con puentes que por su deteriorado estado es todo un milagro pasarlos y con la presencia constante de carrotanques y puestos de control del Ejército.

No siempre fue así

María*, Esteban* y Raúl, tres de los 10 mil campesinos que integran la Asociación de Campesinos del Catatumbo, Ascamcat, una de las asociaciones que se encuentran en la región, narraron a Vanguardia Liberal su historia ligada a los cultivos de coca.

Según estos tres campesinos, todo empezó en la presidencia de César Gaviria Trujillo (1990-1994), cuando su modelo de apertura económica comenzó a implementar los Tratados de Libre Comercio (TLC).

“En la época neoliberal, cuando el gobierno de Gaviria empezó a importar alimentos de otros países, ya la comida que nosotros cultivábamos acá no valía. Entonces, ahí se incrementó el cultivo de coca, porque al usted sacar sus productos, ver que no se vendían, sin tener vías para llevarlos a otras partes, pues tenía que buscar otra alternativa para sobrevivir”, cuenta María*.

Raúl*, quien desde hace 37 años vive en el Catatumbo, Vereda Guachimal y hace 20 cultiva coca, también recuerda cómo la plata de lo que vendían en el pueblo, especialmente en Tibú, les dejó de alcanzar. “Nos vimos acorralados y pues la gente de otras partes miraba que la coca les estaba dando. Entonces de ahí sacamos un Gobierno pequeño como nosotros lo llamamos, pues nos dio comida para los hijos, educación, salud”.

Esteban*, el más joven de los tres, es el que más lleva cultivando coca: 22 años. Desde los 12 años se inició en la labor como ‘raspachín’ (recolector de hoja de coca) y lo hizo durante siete años. Recuerda que en esa época aún no sabía para qué servía la mata de coca y mucho menos las consecuencias de su labor. Tiempo después tuvo su tierra para cultivarla y aprendió a ‘quimiquiarla’, es decir, a procesar la mata y volverla base de coca.

“Usted va a las montañas donde están las veredas y se da cuenta cómo sobrevivimos, seguimos luchando por la comida, no tenemos electrificación, no hay carreteras. No hay nada”, afirma Esteban*.

El día a día

Raúl* y Esteban* aseguran que la mata de coca es como cualquier otro cultivo que hay que cuidar y, según ellos, este más, porque tener una hectárea puede costar hasta $10 millones, de la cual pueden sacar hasta cinco kilos de producto; en el mercado el kilo se paga a $2’800.000.

El proceso empieza con la siembra de la mata de coca, después viene la raspa, que es entre 45 días y dos meses después de cada siembra. La raspa es la labor que hacen los obreros o ‘raspachines’ como se les conoce, a quienes les pagan el jornal entre $40.000 y $50.000. Luego de raspar la mata, el líquido que bota se lleva a procesar con diferentes insumos con los que se mezcla (gasolina, cal y diversos químicos) y sale el tan preciado producto para los narcotraficantes y del cual viven tantas familias del Catatumbo: la base de coca.

Finalmente, viene la venta, y aunque es un secreto a gritos en la zona, la mayoría de cultivadores teme hablar. Cada campesino sale al centro poblado, llega el comprador, que ya sabe en dónde y quién está vendiendo, pesa el producto y queda lista la transacción.

“El que viene a comprarla ya sabe quién está raspando, entonces se corre la ola y uno no necesita tratar de venderla... Eso sobran los compradores”.

-¿Quién les compra?

“El proceso de nosotros llega hasta la venta no más. No sabemos ni quién la compra, ni a dónde va”.


Las alternativas para dejar la coca

Ante el acuerdo sobre el punto tres de la agenda de negociación en La Habana, Cuba, sobre cultivos ilícitos, crece la expectativa frente a las alternativas económicas que el Gobierno establecerá para las personas que aún viven de cultivar coca.  

Uno de los puntos más importantes del acuerdo es que el Gobierno reconoce que los campesinos han tenido que recurrir a sembrar cultivos ilícitos por las “condiciones de pobreza, marginalidad, débil presencia institucional, además de la existencia de organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico”.

A partir de este reconocimiento, dentro del acuerdo se plantean políticasque busquen fortalecer la riqueza de cada región, teniendo en cuenta las propuestas de la comunidad, para superar este problema. Con este objetivo, el Gobierno Nacional creará y pondrá en marcha un nuevo Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito-PNIS, como parte de la transformación que debe tener el campo, para que se vuelva rentable para los campesinos cultivar yuca, papa y todo tipo de productos agrícolas. Pero para ello, el Gobierno tendrá que invertir en vías, educación, salud y vivienda.

El año pasado, durante el paro que realizaron los campesinos del Catatumbo, se acordaron cinco puntos o ejes temáticos sobre la pos erradicación, de los cuales hasta el momento empezó a cumplirse el primero.

Este primer programa se inició con 400 familias, que erradicaron sus cultivos de coca el año pasado. El Gobierno les da una ayuda económica de un $1’100.000 por tres meses, una ayuda alimentaria por ocho meses con un mercado, según el número de miembros de la familia, de hasta $740 mil y un trabajo temporal por seis meses por dos salarios mínimos. Además se apoyará la construcción de una huerta y un proyecto productivo que la familia desee implementar. “Nosotros creemos que con esto, si el Gobierno es inteligente y lo sabe manejar...otros cultivadores pueden creer y cumplir también”, afirma María.

Otra de las peticiones que tienen en común los integrantes de Ascamcat es que el Catatumbo sea declarado como zona de reserva campesina y se implemente en ella un plan de desarrollo para saber qué cultivos pueden sembrar, cuánto dinero necesitan, los planes de inversión social, entre otros.

Sobre la legalización, Esteban* plantea algo muy parecido a lo que el Gobierno también acordó con las Farc en el tercer punto de discusión, y es la posibilidad de la legalización de los cultivos de coca, pero con fines médicos y científicos.

Sin embargo, nada de esto va a ser posible, si el Gobierno no logra que las guerrillas de las Farc y el Eln se desmovilicen a través del proceso de paz.
“Lo que es el tema de la paz claro que nos vemos reflejados. Pero ¿de qué sirve que se silencien los fusiles si tenemos hambre? ”, concluye María*.

Los paramilitares se toman el negocio

La bonanza de coca se acabó a finales de 1999, cuando los paramilitares incursionaron en el Catatumbo a través de diferentes masacres, que solamente en el primer año dejaron más de 20.000 desplazados, un número incierto de desaparecidos y 800 civiles asesinados. Esto se extendió durante seis años, sin que hubiese mayor control estatal.

Los paramilitares querían tomar el control del negocio de coca, como en su momento lo confesó Carlos Castaño, máximo líder de las AUC.

En la actualidad, el Catatumbo es una zona con alta presencia militar y en la que conviven varios grupos al margen de la ley. Las Farc son el grupo con mayor presencia a través del Frente 33, el Eln tiene presencia en ciertas partes de la región y una vieja disidencia del EPL dirigida por ‘Megateo’ también se dedica exclusivamente al narcotráfico.

La bonanza cocalera

Según Wilfredo Cañizares, director ejecutivo de la fundación Progresar, el Catatumbo vivió su época de bonanza entre los años 1998 y 1999, en donde, de acuerdo con cálculos que realizó su ONG y consultas con líderes campesinos de la región, se llegó a tener 45 mil hectáreas de hoja de coca.

“Eso parecía una autopista entre Cúcuta y la Gabarra, a pesar del mal estado de las vías, se veían carros lujosos, que iban y venían de comprar coca. En la región no se cultivaba nada distinto, hasta el pollo lo compraban en Cúcuta. Los fines de semana Tibú parecía vivir en carnaval: llegaban prostitutas de todas partes”.

Tarra y Tibú fueron los municipios en donde se concentraron la mayoría de los cultivos ilícitos, debido a que en esta zona del país existe la más extensa frontera con Venezuela, una de las rutas de salida de la droga y que según el Director Ejecutivo de Progresar, no cuenta con un solo puesto de control de las Fuerzas Públicas.

“El negocio era algo como libre oferta y demanda, el que quería comprar coca, necesitaba solo ser recomendado de las Farc”, indica Cañizares.

El narcotráfico, el mal mayor

El censo de cultivos de coca de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc) a diciembre de 2012, publicado en junio de 2013, establece que el 77% de las personas que cultivan coca aseguran que lo hacen por rentabilidad, ya que es la única opción socioeconómica que les queda, dando lugar a que sus unidades productivas se vuelvan vulnerables ante el narcotráfico.

Raúl* reconoce que la plata que produce la coca, no solo ha cambiado su modelo tradicional de sobrevivencia, sino que incluso ha dañado la mente de muchos campesinos, pues los ha vuelto avaros.

“Yo personalmente no. Como líder he incentivado y pedido que volvamos a la agricultura, con su costal al hombro, tranquilo, sin miedo de que lo requise el Ejército”.

-¿Pero usted es consciente de que son el primer eslabón del narcotráfico?

-“Pues uno entiende desde cierto punto de vista, pero uno está seguro que no lo es. El principal causante de eso es el Gobierno. Nosotros lo hacemos no porque nos gusta, porque uno es consciente que eso lleva cárcel, que nuestros hijos, en cualquier descuido, pueden ingerir esa sustancia y sé que es un peligro”.

Por su parte, Esteban* es más reacio a la idea de pensar que de alguna manera ellos contribuyen al narcotráfico.

“No es que quiera seguir, pero sí queremos que hagan una erradicación gradual y concertada con nosotros. Porque necesitamos sacar cuentas de que lo que nos van dar, si nos genere ingresos para vivir bien”.

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Publicada por: PAOLA PATIÑO
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