Lunes 28 de Julio de 2014 - 07:37 PM

Una historia de amor en las entrañas de Bucaramanga

Diana y Luis llevan más de 20 años deambulando en el mundo de las drogas y el alcohol. Descubrieron en una alcantarilla el mejor lugar para convivir. Pese a las lluvias, al ruido del tráfico, al calor sofocante y los olores nauseabundos, Diana y Luis no quieren abandonar las calles. El Hogar Jerusalén trabaja en su rehabilitación.

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Didier Niño / VANGUARDIA LIBERAL
Una historia de amor en las entrañas de Bucaramanga
(Foto: Didier Niño / VANGUARDIA LIBERAL)

Esta historia, como algunas de las grandes historias de amor, ha estado marcada por un signo trágico: la mezcla de drogas y alcohol. Diana Zapata Zárate y Luis Arturo Salamanca llevan la mitad de sus vidas enamorados. Se siguen uno a otro, muchas veces sin motivo, sin sueños ni esperanzas. Su amor es tan fuerte, que sin importar lo que piense ‘el mundo real’,  terminaron viviendo en una celda de cemento y asfalto, cubiertos por el calor sofocante, los olores nauseabundos y las aguas negras de la ciudad: una alcantarilla ubicada en la carrera 21 con calle 24.

Desde el agujero maloliente que esta pareja tiene por hogar, Diana habla de su vida. ‘Niña’, una perrita callejera que encontró en el centro cuando mendigaba, es la chispa que ilumina el oscuro túnel donde han vivido con Luis desde hace ocho meses. Salta, ladra, mueve la cola, lame a su ama y no le teme a los extraños. La cachorrita es pura vida, distinta a su dueña, que pareciera querer acabar sus días sin ver el sol por última vez.

El ruido de los carros y el vapor que emana de la alcantarilla impiden que la conversación fluya. Pero en estos casos no hay que hablar mucho para entender la situación por la que atraviesa la pareja.

Luis no la acompaña aquella mañana. Está en el Hogar Jerusalén, a una cuadra de la cloaca. Allí le brindan comida y techo, mientras se recupera de la lesión que le produjo un carro en su pierna derecha hace ocho días. “Esta mañana vino y me dijo que le guardara las vendas para la noche. También me envía comida con un compañero”, dice Diana mientras señala las gasas sucias y manchadas con sangre.

Esta mujer de 43 años se acaricia el vientre cuando habla. Al subirse la camiseta, se nota una herida que ha sanado a medias, producto de una cirugía que le practicaron hace tres meses en el Hospital Universitario de Santander, HUS, al padecer peritonitis.

‘Niña’ aprovecha que su dueña está ocupada y sale del sumidero. El ruido de los carros la aturde. Toma aire fresco y regresa a los brazos de la mujer.
Diana asegura que vivió durante varios meses del reciclaje y que habitó una residencia. De allí salió, porque no la dejaron vivir con su cachorro. Afirma que el vertedero es el mejor lugar para los tres y que no tiene problemas con la lluvia. “Sacamos todo y esperamos a que se seque. Lo mantengo limpio y aseado. Hoy está desordenado, porque no he arreglado la cama”, comenta.

El diálogo con Diana no es fluido. La mujer guarda silencio y es casi imposible soportar el olor que sale de la alcantarilla. Lo mejor es buscar a Luis para que cuente la otra parte de esta historia. Decirle adiós a Diana sin lograr sacarla de la cloaca fue doloroso; sin embargo, ella no dejó de sonreír. Tomó un cepillo viejo y comenzó a peinarse.

Llegada a la ciudad

Saltando en la pierna izquierda, sin camisa y con  mirada tímida, se acerca a conversar Luis Arturo Salamanca, de 42 años. Asegura que es bumangués, que creció en el barrio Girardot y que a sus 22 años conoció a Diana en Valencia, Venezuela. Ambos trabajaban contrabandeando en la frontera. Compraban cigarrillos y whisky al mejor postor. Regresaban a Cúcuta, donde se despedían hasta el próximo encuentro.

Un día, Luis le propuso a Diana vivir en Colombia y ella aceptó, pero las autoridades los capturaron en la frontera, pasando la ‘merca’ por el río, y Luis fue a parar a una prisión en Cúcuta. “Me partieron este brazo (el derecho) en seis partes”, cuenta.

Se separaron por 36 meses. A Diana no le importó. Lo esperó, según cuenta Luis, más enamorada que nunca. “No sé qué me vio. Lo cierto es que ha entregado todo para salvarme, dice ella. Tanto amor que hasta en el vicio me ha seguido”, añade el habitante de calle.

Luis se perdió en las drogas y desde aquel entonces no ha podido dejar el bazuco. Por un tiempo, la pareja volvió a separarse; no obstante, el destino insistió para que se encontraran. Diana estaba en las mismas condiciones de Luis, perdida en las drogas y el alcohol, tal vez, por la decepción amorosa. Nadie sabe. Lo cierto es que lo siguió hasta Santander.  

Al llegar a Bucaramanga, abrieron una venta de ‘chuzos’ de carne en la calle 30. Para su desgracia, la Policía los sacó y les quitó “el plante”. El reciclaje se convirtió en su sustento. Sin un hogar donde vivir y por la serie de problemas que les ocasionaba ‘Niña’ en la residencia donde habitaban, decidieron vivir en la calle. Cuenta Luis que caminaba por la carrera 21 con calle 25, cuando una moneda de $500 que llevaba para comprar ‘vicio’ se le cayó a la alcantarilla. Notó que la tapa del vertedero se podía mover con facilidad, así que entró al túnel y se sorprendió con lo que encontró.

“Estaba la guaca. Había palas, picos, herramienta oxidada, alambres… Ese fue mi día. Salí corriendo y lo vendí. Me gustó el hueco y armé el ‘cambuche’. Invité a Diana y aceptó. En estas llevamos ocho meses. Estamos muy enfermos”, explica Luis.

Una esperanza

Olmedo Sepúlveda, del Hogar Jerusalén, escucha atento las palabras de Luis. Impotente le lanza frases para alentarlo a salir de las calles y traer a Diana al Hogar. Luis solo mueve la cabeza y repite “sí señor, sí señor”.

Olmedo asegura que Diana se rehusa a salir y que Luis no quiere cambiar. “Hacer ocho días lo traje de la calle. Un carro le pasó por encima de un pie y tuve que llevarlos al HUS. Les falta voluntad”.

Tras varios minutos de súplicas, Luis se viste, toma el caminador y emprende la búsqueda de Diana. Bajo el sol y el mal olor de la alcantarilla, Luis le ruega al ‘amor de su vida’ que lo acompañe, que salga para que se recupere. Diana llora. Como una chiquilla que no quiere ir al colegio, se aferra a los hierros de la alcantarilla. ‘Niña’ es la primera en salir de la oscuridad. Se ve contenta. Entra a un jardín cercano, alza una de sus patas y orina. Huele y lame a Luis. Él la abraza y la consiente.
Finalmente, Diana acepta. Los vecinos se acercan. No pueden creer que una mujer esté viviendo en una alcantarilla, a pocos calles de sus casas, y ellos no lo habían notado.

Rumbo al Hogar Jerusalén, la pareja hace planes. “Mire que vamos a tener una casita de verdad… Yo a usted la quiero más que a mi vida… La necesito Diana”, dice Luis. Diana no musita frase alguna. Su mirada se fija en las travesuras que hace ‘Niña’ mientras caminan hacia el Hogar.

En la entrada del lugar, Luis y Diana se estrellan en un beso de amor apasionado. Las lágrimas son incontrolables para todos en ese momento. ‘Niña’ salta de la felicidad. Olmedo Sepúlveda los recibe. Como un niño cuando le pide a su padre que le cumpla una promesa, la mujer le dice a su hombre: “Luis, usted me prometió que no va a regalar a ‘Niña’, que la va a cuidar. Si le pasa algo a ella, me regreso al hueco. ¡Usted me lo prometió!”.

Quién sabe cuánto durarán Luis y Diana en rehabilitación. Solo la fuerza de voluntad los hará salir de ese mundo en el que han caído. Lo cierto es que, como algunas de las grandes historias de amor, el final aún no es feliz. ‘Niña’ tuvo que partir a un albergue. Diana aún no se recupera por su partida y Luis lucha por salvar su pierna.

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Publicada por: XIOMARA K. MONTAÑEZ M.
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