Jueves 21 de Abril de 2011 - 12:01 AM

Más que una semana

El sentido de la Pascua no se encuentra en el olor del incienso o en ‘X’ o ‘Y’ Día Santo. Para quienes conocen a Jesús, este tiempo es más que una semana.

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Al entrar al templo, los fieles se sorprenden. ¡Y no es para menos! en lugar de baldosas, se ven lápidas que dan fe de los restos de seres humanos que están sepultados allí.
La edificación, a decir verdad, es una especie de cementerio de prestigiosos hombres: hay tumbas en el suelo, en las paredes, en el techo, en la puerta de entrada y hasta en el mismo altar.
Se ven cruces por todos lados. Sin embargo, de manera curiosa, la única que no existe es la de Jesús. Sólo hay un mensaje pequeño que dice así: “no está aquí, pues ha resucitado”.
Esa frase, misteriosa y sencilla al mismo tiempo, transformó al mundo. Las seis palabras, que se han convertido en el testimonio insignia del Domingo de Resurrección, se recuerdan en todas partes y, de manera especial, durante esta época de Semana Santa.
Tal vez eso es lo más bello de la Pascua: la confirmación de que Jesús, incluso muchos siglos después de su muerte, aún vive.
De ninguno de los reconocidos hombres que fue enterrado en el citado templo se ha hablado tanto como de Él. Algo mejor: Jesús es el mismo hoy y siempre. No se quedó en el pasado ni está en el futuro. Está ahí, a su lado.
Así es la vida misma. Ella está dentro de usted y sólo espera que la disfrute de una manera sana.
Alguien dirá: ¡Es fácil decir eso, cuando no se tienen problemas!
Pues bien, pese a las angustias, su vida puede recobrar sentido con una gota de esperanza. Creer en usted mismo le da un norte y le concede la oportunidad de empezar de nuevo, más allá de las circunstancias en las que se encuentre.
Los llamados Días Santos son tiempos de reflexión. Incluso a todos nos corresponde hacer el ‘viacrucis’ completo de Jesús.
¡No! no es cuestión de morir crucificado. Tampoco se trata de llevar la cruz en el cuello o de colgarla de una pared; la cruz es para que la viva día a día y entienda que todos llevamos cargas, las cuales debemos asumir.
¿Padece algún problema?
Recuerde que la sola idea de recomenzar lo puede rescatar de la impotencia y de la desesperación; y a la vez los transporta a un mundo de fortaleza.
Es claro que Jesús hizo su peregrinación cargando la conocida cruz de la antigüedad. Nos referimos a un suplicio establecido por los romanos, que consistía en cargar camino al cadalso, un poste atravesado por una barra transversal.
Reiteramos que todos, a nuestra manera, llevamos una pesada cruz, llena de dolores, sinsabores y tropiezos. Es más, casi siempre, caemos presos de las injusticias.
Por eso, nos vendría bien considerar que cada día luce para nuestra vida de una manera singular y que, por supuesto, hay que aprender a disfrutar todo en su momento y con la pasión del caso.
Lo importante de estas palabras radica en que  las personas se acuerden de que deben experimentar la fe; porque lo demás vendrá después.
Mejor dicho, la clave en la vida no es conseguir cosas; sino tener la fe suficiente para avanzar hacia la anhelada paz interior.

Jesús dijo: “Les aseguro que si tuvieran fe, aunque sólo fuera del tamaño de una semilla de mostaza, le dirían a este cerro: ‘Quítate de aquí y vete a otro lugar’, y el cerro se quitaría. Con fe nada es imposible”. Mateo 17:20

Algo de ayer
Se le llama Viacrucis al camino formado con diversas estaciones, en memoria de los pasos que dio el Redentor al subir al Calvario.
Las Sagradas Escrituras cuentan que después de un juicio absurdo y de hacerlo azotar, el procurador, Poncio Pilatos, les entregó a Jesús a los judíos, para que lo ejecutaran. Unos minutos antes los soldados romanos lo habían llevado al interior del pretorio, lo desnudaron, le echaron encima un manto púrpura y trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza.
Mientras Jesús era obligado a cargar su cruz, una multitud del pueblo lo seguía: algunos lo ultrajaban, otros lamentaban su Viacrucis y no faltaron los que veían pusilánimes el camino de muerte que se le trazó al ser más inocente de toda la historia.
Él no fue el único que fue obligado a morir en la cruz. Dos malhechores, quienes también habían sido condenados para ejecutarlos, prosiguieron el tortuoso camino.
Llegados al lugar llamado ‘Calvario’, los crucificaron a los tres: uno a la derecha y otro a la izquierda; mientras que Jesús estaba en el epicentro del dolor.
Cuentan que para atenuar su sufrimiento, unas mujeres compasivas le ofrecieron una bebida conocida como hiel. Jesús no la tomó.
Era la hora tercia cuando lo crucificaron y le pusieron sobre la cruz una inscripción que Pilatos había hecho redactar y que decía así: “Jesús, el Nazareno, Rey de los judíos”.
Acompañando a Jesús en la cruz estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena.
Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre la tierra hasta la hora nona. Justo en ese momento Jesús, con fuerte voz, exclamó:
- “¡Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”
- “Tengo sed”, murmuró Jesús. Enseguida uno de los que allí estaban corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una rama de hisopo, se la acercó a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo:
- “Todo está consumado”.
Y dando un fuerte grito exclamó:
- “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”.
Inclinó entonces la cabeza y murió.
La Biblia sostiene que Jesús resucitó, en lo que se convirtió en otro de los grandes misterios que encierra esta apasionante historia. Los últimos momentos de Jesús, más allá de la cuestión religiosa, nos pone de frente a un tema que nos toca a todos: la muerte y la preparación que debemos tener antes de llegar a ella.

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Publicada por: EUCLIDES ARDILA RUEDA
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