Jueves 11 de Octubre de 2018 - 03:10 PM

Una cirugía para la agresividad

La agresividad severa es un síntoma asociado a discapacidades cognitivas y es uno de los procesos más difíciles por los que pasan tanto las personas que los padecen como sus familias. Una cirugía cerebral profunda pretende ser la única esperanza de dos jóvenes santandereanos que sufren esta condición.

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Fabián Hernández/VANGUARDIA LIBERAL
La cirugía da la posibilidad de controlar la agresividad en pacientes con trastornos cerebrales
(Foto: Fabián Hernández/VANGUARDIA LIBERAL)

Omaira Gómez Rueda tenía miedo de que su hijo pudiera hacerle daño, incluso de que, sin querer, pudiera matarla.

Cuando después de su tercer mes de embarazo le dieron la noticia de que su hijo nacería con una condición especial debido a la rubeola que ella había padecido días atrás, no dudó en tenerlo y entendió que a partir del día en que naciera, su vida sería una constante lucha. Sin embargo, no imaginaba que llegaría a ser tan difícil.

Ninfa Rey Delgado tampoco. Ella también padeció rubeola en los meses de gestación, pero no lo supo sino hasta el día del parto, cuando le hablaron sobre la condición de su hija y le explicaron que la causa había sido su anterior enfermedad, la cual no fue consultada ni tratada médicamente.

Las dos mamás, de Barrancabermeja, asumieron el cuidado de sus hijos con el amor que solo puede brindar una madre y dejaron de lado su vida por tratar de darle una mejor a ellos; pero, después de varios años tuvieron que renunciar a los cuidados y a la paciencia, pues estaba en juego su vida.

Ahora, gracias a una cirugía en el cerebro, que permite disminuir el nivel de agresividad de cierto tipo de pacientes, ellas tienen una esperanza de volver a ser el equipo que eran.

La lucha y el miedo

Juan Pablo López Gómez nació con un soplo en el corazón, microcefalia, sordera y cataratas, hasta los seis años toda la comida que ingería debía ser licuada y hasta antes de los 20 no podía ir al baño solo.

Los días de esos años transcurrieron entre terapias, hospitales y largas noches en vela. Pero todo eso, a pesar de que consumía cada minuto de la vida de Omaira y no le permitía trabajar o salir sola por un momento, no fue lo más duro.

Justo al llegar a los 20, Juan Pablo empezó a crecer más, a balbucear algunos sonidos, a ser más activo y también a desarrollar una fuerza incontrolable. Se autoagredía y la agredía a ella. Pegaba patadas, rompía cosas y perdía la paciencia con facilidad.

Un día, en un ataque de ira, la empujó y la dejó inconsciente. Entonces ella decidió llevarlo a un centro especial donde pudieran ayudarlos, a él y a ella.

“Se me salió de las manos, solo éramos los dos porque ¿sabe?, a nadie más le importa, nadie más entiende como una madre. Cuando Juan Pablo estaba pequeño me separé, porque lo que le digo, nadie es consciente del tiempo que hay que dedicarle a un hijo así, nadie entiende el cansancio. Tenía miedo de él y decidí que debía hacer algo porque o se hacía daño él o me lo hacía a mí”, explica Omaira.

El caso de Katherine Arce Rey fue muy similar, aunque la agresividad apareció mucho antes. Cuando tenía apenas nueve años empezó a autoagredirse, a cortar, morder, pegar y a lastimar a los demás. Para su edad, la fuerza parecía imposible y Ninfa ya no se sentía capaz de levantarla cuando se tiraba al piso o cuando quería caminar de un lado a otro todo el día.

La decisión de ingresarla al mismo centro especial de Juan Pablo, la tomó el día que se descuidó un momento y Katherine le pegó tan fuerte a un espejo que lo rompió y se cortó las manos.

“Había sangre por todo lado y yo no paraba de llorar. Ese día fue horrible, fue muy difícil y entendí que ya no podía sola. Tenía miedo de ella y de mí por no poder ayudarla”, dice la mamá.

Después de probar con muchos tratamientos y de que en el centro especializado la situación con Juan Pablo y Katherine también llegara a extremos, se les presentó una posible solución: una estimulación cerebral profunda del hipotálamo a través de la inserción de un electrodo en el cerebro.

Una esperanza

A las 8:00 a.m. todo es más o menos calma en el Centro de Educación Especial y Desarrollo Psicoafectivo San Nicolás.

Los alumnos no han llegado y los únicos internos son Juan Pablo, que ya tiene 28 años, y Katherine, de 24.

Él está tranquilo, mucho más que antes cuando ni siquiera entre cuatro o cinco trabajadores del centro podían contenerlo. La cirugía fue hace casi dos meses y aunque aún faltan varios más para saber la efectividad total, el cambio se nota. Está sentado armando un rompecabezas de fichas de espuma y se concentra.

Antes pasaba la mayor parte del tiempo inmovilizado y no podía prestar atención a una actividad por más de unos minutos. Ahora lo logra por casi una hora, pese a que no escucha ni ve. Sus reacciones no son tan agresivas y su fuerza ha disminuido, a pesar de que aún recurre a las patadas y los empujones cuando algo no le gusta o cuando se le niega lo que quiere.

“Estamos muy esperanzados. Va muy poco tiempo desde la cirugía, pero se han visto avances y desde el centro estamos haciendo lo posible por apoyar los procesos que permitan que ellos en poco tiempo puedan salir al exterior y comportarse bien. Queremos verlos en un centro comercial, en un paseo. La cirugía no les va a quitar su condición, pero sí por lo menos mejorar su condición de vida", comenta Yolanda Rodríguez, sicóloga y coordinadora del centro.

El proceso de Katherine, cuentan las enfermeras y profesionales del lugar, ha sido más lento. A esa hora de la mañana, ella está algo inquieta y grita. Con su mano se golpea el rostro y se tira al piso. La enfermera que la acompaña hace lo posible por calmarla, pero al final, para que no se haga daño, le inmovilizan las manos y la acuestan en su cama. Se calma.

Los trabajadores del lugar dicen que el cambio es más notorio en Juan Pablo, pero que en ella también se han visto avances, sobre todo en la disminución de la fuerza y en la ansiedad. Todos están haciendo lo posible para que el tratamiento funcione y le dedican gran parte del tiempo a impulsar en ellos procesos de comunicación y concentración. Las mamás, por su lado, confían en que la última opción de volver a tener a sus hijos cerca, funcione.

El procedimiento 

La cirugía consiste en una estimulación cerebral profunda del hipotálamo para lograr impactar los núcleos que controlan el comportamiento. Dado que el cerebro se comunica a través de electricidad, se coloca un electrodo de 4 u 8 contactos en el núcleo preciso, el cual va conectado a un generador de impulsos que es una batería, como un marcapasos, que manda actividad eléctrica que inhibe o estimula los circuitos necesarios.

El electrodo queda ubicado en el hipotálamo, se tuneliza y se conecta a la batería que generalmente se sitúa cerca a la clavícula.

El sistema es recargable, es decir, los pacientes deben poner por una hora, una vez por semana, una especie de cargador sobre el sitio donde está puesta la batería.

Según el neurocirujano funcional, William Omar Contreras, quien es el encargado de realizar el procedimiento en la Clínica Foscal Internacional, la cirugía es un recurso de rescate cuando los demás tratamientos no funcionan y a pesar de que se está realizando desde los años 90 en el mundo no existen estudios prospectivos grandes que digan para qué sirve en cada caso, está demostrado que un electrodo en el hipotálamo puede reducir la agresividad de personas con trastornos estructurales a nivel molecular del cerebro como Juan Pablo y Katherine.

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Publicada por: Irina Yusseff Mujica
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