martes, 17 mayo 2022
jueves 06 de enero de 2022 - 9:20 AM

#ArchivoVanguardia: El paseo de olla, tradición intacta en Bucaramanga

Cada fin de semana decenas de bumangueses buscan el río más cercano para darse un chapuzón y preparar un delicioso sancocho de gallina, una actividad que se mantiene intacta desde hace más de 50 años. Esta es la historia del legendario paseo que ha marcado las costumbres de los ciudadanos.

En un símbolo de unión familiar y diversión se ha convertido esta tradición dominguera que por excelencia se realiza en las orillas de los ríos y en balnearios de los diferentes municipios del país. Y es que desde hace más de 50 años es común el paseo de olla como alternativa turística para los colombianos, y Bucaramanga no es la excepción.

Alistar la gran olla con capacidad suficiente para toda la familia y los ingredientes infaltables para el famoso sancocho de gallina o un asado con todas las de la ley, se hizo más común en el puente de Reyes del 6 de enero, aunque es normal reunirse para ello un fin de semana cualquiera.

Cuando en la década de los 60 la ciudad estaba en crecimiento, los bumangueses consideraban que no había mucho para entretenerse, y más durante las festividades navideñas. No era fácil ir a una piscina o salía costoso armar un plan diferente y novedoso.

$!#ArchivoVanguardia: El paseo de olla, tradición intacta en Bucaramanga

En ese momento, el Río de Oro, en Bahondo, Girón, fue blanco como referencia para disfrutar en familia y amigos, bastante atractivo para pasar los fines de semana.

“La gente buscó ampliar las festividades de forma independiente. Después de cada celebración se empezó a ir al río, como complemento de esos días”, indicó Pedro Carrillo, quien casi toda su vida ha participado en esta clase de paseos e incluso es propietario del balneario Brisas del Río junto a su madre, hace más de 40 años.

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En otras ciudades también se fortaleció esta actividad, y en Bucaramanga, empezó a ser común reunirse en las orillas de los ríos para preparar un buen almuerzo y darse un chapuzón en los caudales que atraviesan los municipios aledaños.

Pero los asentamientos humanos que empezaron a instalarse sobre la ribera del río dieron pie a la contaminación en el agua, por lo que ya era riesgoso bañarse allí. Por ello los ciudadanos optaron por buscar aguas claras y llegaron al río Chicamocha, en Pescadero, el río Manco, hacia Aratoca y la vía hacia Rionegro, por el ‘Punto Cero’, en inmediaciones de Villa Ana y Bocas.

Por cualquier medio de transporte se llegaba a estos lugares, pues la emoción superaba cualquier obstáculo. Los camiones de estacas servían al público para trasladarlos a los balnearios, así viajaran de pie y amontonados. Incluso, muchos caminaban en familia con sus ollas y maletas sobre las vías nacionales.

Otros vieron esta actividad como una oportunidad de negocio y así brindar espacios más seguros para los turistas. De esta forma nacieron los balnearios, lotes ubicados a las orillas de los ríos donde se ofrecen diferentes servicios para mejorar la experiencia del visitante.

Muchos adecuaron los espacios con sitios para cocinar el sancocho o el asado con más comodidad, o cuentan con restaurante para lo que no quieren preparar comida. También instalaron piscinas naturales, otros con toboganes, canchas, zonas de picnic o camping, canchas de bolo criollo, de tejo... entre otros agregados que le dieron un plus a cada paseo.

Pero diferentes factores han dado pie al cambio de costumbres. Por ejemplo, la facilidad de viajar a otras ciudades, ya sea por tierra o avión; piscinas en los conjuntos residenciales, cine, centros comerciales y más alternativas para la distracción de los bumangueses.

Sin embargo, Carrillo afirma que con el pasar del tiempo y la facilidad de nuevas actividades, la tradición se mantiene intacta. Tal vez no se vea la misma cantidad de personas en un balneario, pero esto se debe a la gran cantidad de sitios que se han adecuado en la vía a Rionegro. Hace 40 años había tres balnearios, y hoy en día, hay casi 30.

La visita al río pasa de generación en generación, un hábito que se apropió de muchas familias que anualmente no pasan de alto este paseo.

En los últimos años, cuenta, a su balneario llegan cerca de 2.000 personas, el cual tiene una capacidad para 5.000 bañistas. Y este cupo se ha llenado en varias ocasiones. Es un panorama que se vive en la mayoría de negocios.

Lo único que ha cambiado, destaca, es la cultura de los turistas. Muchos pierden los estribos al consumir alcohol, cosa que dice, no solía pasar antiguamente. Por ello los establecimientos deben requisar a cada visitante y mantener en orden cada momento para evitar algún inconveniente.

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La pandemia, un declive para este sector del turismo

Tras las recientes restricciones para mitigar el COVID-19, las personas tenían prohibido asistir a estos paseos. Así lo ordenó el Gobernador de Santander, Mauricio Aguilar, medida que hasta hace poco se eliminó y el comercio se ha recuperado gradualmente.

Pedro Carillo manifiesta que el cierre temporal de los balnearios provocó que algunos quedaran en completo abandono ante la imposibilidad de mantenerlos. Otros, como en el suyo, se sigue luchando por su sostenimiento e incluso mejoras para no perder estos importantes espacios para el turismo de Rionegro y Santander.

Ahora, lentamente, se están reactivando y mantienen la esperanza de que habrá una pronta normalidad en el flujo de bañistas que suelen visitar estos espacios y así continuar con esta tradición que no pasa de moda en cada generación que llega.

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María Lucía Bayona

Periodista egresada de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Miembro del equipo web de Vanguardia desde el 2021 con el cubrimiento de temas de actualidad y formatos audiovisuales.

@velvetmals

mbayona@vanguardia.co

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