miércoles, 21 octubre 2020
domingo 27 de septiembre de 2020 - 12:00 AM

El asesinato que destruyó dos familias en Bucaramanga

Un padre extraña a su hijo y solo puede visitarlo en un cementerio. Una madre quiere convencer al mundo de la inocencia de su hija. Dos niñas que nunca volverán a ver a su papá, mientras que deberán esperar 39 años para tener a su mamá cerca. Siga este domingo, a las 10:00 a.m., un capítulo más de Expedientes de Prensa.
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- ¡Uy! Le llegaron amigos.

Exclamó con admiración el joven, mirando coquetamente a los dos hombres, quienes ingresaban al cuarto.

- No le hagan caso. Advirtió la mujer, a quien muchos acostumbraban entregarle dinero creyendo que tenía la facultad de conocer el futuro.

- Él está buscando novio. La frase la soltó enseguida la mujer, conocida en este lado oscuro del hampa bumanguesa como una “bruja”.

Los dos hombres sonrieron. Luego, ingresaron a la especie de consultorio de la mujer. El cuarto estaba dividido del resto de la casa por una tela. La cortina funcionaba como puerta. No era la primera vez que la pareja de hombres estaba allí. Días atrás acudieron puntuales para evitar el desvelo de sus incómodas supersticiones. En esa ocasión dejaron sobre la mesa un revólver. Querían un rezo. Se trataba de un arma calibre 38 milímetros. No entregaron datos. Tampoco se preguntan. En los agüeros y los presagios nada es indiferente. Ellos buscaban que la “vuelta” saliera bien. Sin que ellos resultaran muertos o heridos. Sin terminar en la cárcel. La mujer, entonces, con perfecto dominio de sus facultades, cumplió el rito con el revólver.

Semanas después uno de los hombres regresó a ese lugar. Llegó dominado por el temor de enfrentar un fatal destino, o eso al menos le comunicó a “la bruja”. En una conversación telefónicamente, días atrás, la mujer le comunicó al sujeto que lo había soñado. Que un mal augurio estaba a punto de desempolvarse sobre él. Esta clase de cosas se pueden resolver, le aseguró ella con voz confiada, si se realiza un buen rezo. La “bruja” le ofreció sus servicios, una vez más, con un santiamén de contras, para evitar que este sujeto caminara por ese corredor tenebroso que le deparaba el futuro.

El sueño del que le comentó la “bruja” lo afectó tanto, que hizo varias llamadas telefónicas.

- Marica, otra vez, estoy asustado.

- Usted es como huevón, por qué se asusta. Le respondió su interlocutor frenando en seco el berrinche.

- La bruja dijo que soñó que nos capturaban. Replicó el hombre, ahogándose cada vez más en sus dilemas.

Tranquilo, usted no fue el que disparó...

Ya en la cita con la mujer, la conversación tomó otro rumbo.

- ¿Usted hizo algo malo? Preguntó ella.

- No fui yo... Contestó, con esa voz de quienes admiten decisiones que hielan el corazón.

Sus últimas palabras

- El paciente ingresó sin signos vitales...

Poco más de media hora antes de escuchar de un médico estas palabras, Gustavo Sánchez sentía el peso que provocaron las tres balas calibre 38 milímetros. A sus 62 años conducía como podía su carro Chevrolet. Afanado por la sangre, preguntaba por la condición de su hijo, en el asiento de atrás ensangrentado. Su destino era el área de urgencias de la Clínica Foscal. Estaban al otro lado de la autopista, saliendo de una calle ciega, debajo de la loma que encierra el barrio Molinos Bajos en Floridablanca.

Todavía enredado en las telarañas de esa mañana del 28 de agosto de 2013, Gustavo recuerda cuando asesinaron a su hijo Jairo Alonso Sánchez Martínez, un abogado penalista, dedicado especialmente al área de los seguros.

Jairo Alonso, casado y padre de una niña de 9 años y una joven de 16, vivía entonces con sus padres en la calle 15 N° 28-29 de Molinos Bajos. Su casa es la última de una calle que solo tiene una entrada. Por otro extremo se levanta una loma verde, poblada de algunos árboles y un camino de escaleras empinado en forma de zeta, que lleva hasta el barrio Andalucía.

¿Quién ordenó el crimen del abogado? La confesión de Silverio Jiménez, alias ‘El Soldado’, señalaba a Mercedes Gélvez Vargas, de 32 años, esposa de Jairo Alonso Sánchez Martínez.

Jhoana Rojas, vecina de Gustavo, salió con su esposo a llevar a su hija al colegio ese día. Eran las 6:25 de la mañana. La mujer recuerda a una pareja sentada en las primeras escaleras de cemento, en la falda de la colina. Testigos coinciden en señalar que se trataba de un joven de cabello “mono y parado, ojos verdes, achinados y contextura delgada”. Este sujeto estaba acompañado de una mujer, que no tendría más de 18 años, de cabello ondulado de color negro, quien vestía un jean y blusa rosada.

“Cuando regresamos del colegio, ellos seguían sentados en las escaleras. Se besaban. Ella lo acariciaba a él. Se reían. El muchacho tenía un tatuaje en el brazo derecho, en forma de telaraña, que me causó curiosidad. Pensé que era esa tela que se ponen los motorizados...”, aseguró Jhoana.

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Arturo Espinosa también los vio cuando sacaba de su casa el reciclaje a esa hora de la mañana. Dijo que los vio sentados. Estaban abrazados, como novios, agregó. “En un momento ella empezó a sacarle las espinillas al ‘pelado’, que estaba vestido de camisa blanca...”. Más vecinos de esa cuadra testificaron que vieron a la pareja. Nadie se hubiera imaginado que serían sicarios. Que ella cargaba un revólver, que en el momento indicado debía entregar al hombre.

A eso de las 7:10 de la mañana, Gustavo Sánchez supervisaba los trabajos que ejecutaba Miguel Mantilla, quien subido en una escalara, realizaba la instalación de unos contadores de energía eléctrica. En ese instante, Jairo Alonso abrió el portón de la casa con la intención de sacar la motocicleta Yamaha, de color azul y negro, con la que iría hasta Girón para acudir a una audiencia.

A esa hora, Luis Eduardo Martínez descendía del barrio Andalucía hasta Molinos Bajos en compañía de su compañero Jefferson Guevara retirando la basura dejada en las calles peatonales y acomodándola en la calle principal, por donde transita el camión recolector. Bajaban por la escalera. Con la mirada midieron el cuerpo de una muchacha joven, bonita, de jean y blusa color rosado, que subía apresurada.

La joven, de 17 años, instantes atrás le entregó un revólver calibre 38 milímetros a su acompañante. Él caminó unos cuantos pasos hasta donde se preparaba para salir el abogado Jairo Alonso, quien estaba de espaldas. En seguida le disparó en tres oportunidades.

Cuando le dispara a mi hijo, me abalancé contra el sicario. Él trató de meterme un tiro, pero la bala pasó. Vi a mi hijo que se estaba muriendo. Yo aflojé. El tipo salió corriendo para el barrio Andalucía...

Explicó Gustavo Sánchez, con la inminente y extenuante imagen de dolor en su memoria. Nadie es indiferente a la muerte y menos a la de un hijo.

Carlos Arturo Espinosa, quien regresaba de su casa luego de dejar el reciclaje, observó a Gustavo y el sicario forcejeando en el piso. Cuando logra liberarse, el sujeto con el arma se encuentra con él. “En eso intentó disparar, pero no sonó y salió corriendo por el sendero peatonal. Salí corriendo detrás de él, pero el corría muchísimo y me sacó ventaja...”.

Los trabajadores del aseo, Luis Eduardo Martínez y Jefferson Guevara ven pasar a la muchacha afanada. Se escuchan disparos. Se asustan. “Vimos luego que venía un muchacho con un revólver en la mano. Nos tiramos al monte, al lado de las escaleras. Nos escondimos detrás de un árbol. El ‘pelado’ iba agitado. Tenía la mirada al frente. No miraba para ningún otro lado. Detrás venía un señor de más edad, con un palo en la mano. Nos gritó, cójanlo, cójanlo... Nosotros no pudimos ayudarlo. El tipo llevaba un revólver y nos podía disparar...”, aseguró Jefferson Guevara.

Edwar Garzón, otro vecino, salió al escuchar los disparos y se encontró con la imagen del abogado Jairo Alonso en el piso. Estaba botando sangre por la boca y el pecho. “Fui de inmediato a auxiliarlo. Gustavo sacó el carro y con Javier, hermano de Jairo Alonso, lo subimos al vehículo y nos fuimos para la clínica...”.

Cuando salió el médico y habló con el papá del abogado, todo estaba perdido. No pudieron salvarlo. La muerte había tomado posesión esa mañana del menor de sus tres hijos. Luego diría aquel pensionado que cuando escuchó los disparos, su hijo hizo una exclamación.

- ¡Ay papá!

¿Quién lo asesinó?

Lo primero que hicieron los investigadores fue determinar si el abogado Jairo Alonso Sánchez Martínez llevaba un proceso judicial que le acarreara problemas de seguridad. La documentación de su oficina fue auditada con rigor y no se encontró ningún expediente o proceso que los llevara a concluir que alguien quisiera asesinarlo.

Mercedes Gélvez Vargas, esposa del abogado, aseguró en una entrevista con los investigadores de la Policía que sospechaba de un sujeto que tiempo atrás habría amenazado a Jairo Alonso dentro de un proceso por un robo contra ella. Cuando los hombres de la Sijín indagaron, descubrieron que se trata de un sujeto residente en el barrio La Cumbre. Esta persona tenía antecedentes penales por robo de motos. Además, su fisonomía coincidía con la descrita por varios testigos. Este sujeto era “mono y de ojos verdes”. Incluso fue presentada su fotografía a varios vecinos del sector, quienes sospechaban positivamente que podría ser el hombre que hizo los disparos. Sin embargo, no había un móvil lo suficientemente convincente para que esta persona quisiera matar al abogado. Tampoco había pruebas suficientes para incriminarlo.

“No le vimos tan razonable el problema y los motivos como para querer matarlo...”, admitió uno de los investigadores a Vanguardia.

La investigación siguió por varias líneas, sin que se tuviera certeza de los autores materiales del homicidio. También se indagó a la esposa y a una mujer con la que el abogado sostenía, de tiempo atrás, una relación sentimental. Nada era concluyente. No obstante, todo cambió, tiempo después, cuando un desconocido se acercó al Comando de Policía Metropolitana de Bucaramanga. El informante dijo que tenía datos valiosos sobre un crimen y los asociaba con los detalles de la muerte del abogado en Molinos Bajos, que había leído en el periódico.

- ¡Uy! Le llegaron amigos.

Exclamó con admiración el detective, asumiendo con el mayor rigor su personaje. Miró coquetamente a los sospechosos y les tomó imágenes sin que ellos se percataran.

- No le hagan caso. Él está buscando novio. Advirtió la “bruja”.

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Este hombre explicó que escuchó por casualidad una conversación en una casa donde se hacen rezos y ritos de toda clase, cuando dos hombres acudieron para que les rezaran un revólver. No tenía más información. Era todo con lo que contaba a la Policía. Inmediatamente los investigadores diseñan un plan para hacer inteligencia en esa casa. Lo primordial era tener una imagen de los hombres. Con esa información, podrían adelantar el seguimiento. Convencen a las personas del lugar para que contacten a los hombres y regresen a una nueva sesión.

Un detective de la Sijín, con una cámara escondida los registraría. Para que la coartada fuera mejor, lo hicieron pasar por un travesti, que acudiría en busca de premoniciones donde la “bruja”.

Seguimiento e interceptaciones

Las declaraciones entregadas por el informante, un testigo bajo reserva de identidad, un rastreo a través de la red social de Facebook, interceptaciones telefónicas, reconocimientos fotográficos, entre otras labores, permitieron descartar definitivamente al sospechoso del barrio La Cumbre y concentrar todas las pruebas en estos sujetos.

- Marica, otra vez, estoy asustado.

- Usted es como huevón, por qué se asusta. Le respondió su interlocutor frenando en seco el berrinche.

- La bruja dijo que soñó que nos capturaban. Replicó el hombre, ahogándose cada vez más en sus dilemas.

- Tranquilo, usted no fue el que disparó...

Grabaciones de estas conversaciones por teléfono celular, entre otras pruebas, permitieron a los investigadores que se expidieran órdenes de captura contra cinco personas, acusadas del homicidio del abogado Jairo Alonso Sánchez Martínez.

El 28 de enero de 2014, seis meses después del crimen, fueron capturados Gerson David Rivera, alias ‘El Mono’, quien habría disparado. Diego Armando Barón, alias ‘Diego’ y Robinson Suárez, alias ‘El Negro’, quienes conducían las motos en el momento que escapaba la mujer y Gerson David. También fue detenido Silverio Jiménez, alias ‘El Soldado’, quien sería la persona que los habría contratado para el homicidio a cambio de tres millones de pesos. La mujer que estaba esa mañana era una menor de 17 años, quien fue privada de la libertad y conducida a un centro especial de reclusión.

Dos de los arrestos fueron ejecutados en la calle 45 con carrera 11, otro en el barrio San Francisco, uno más en María Paz y el restante en La Concordia, por los delitos de homicidio agravado y porte ilegal de armas de fuego. Pese a estas capturas, la Fiscalía, para entonces, no establecía los móviles del crimen y el autor intelectual del asesinato.

Gerson David Rivera Ulloa, Diego Armando Barón López y Robinson Suárez Zambrano admitieron su participación en el crimen ante un juez. Aseguraron que fueron contactados por Silverio Jiménez para cometer el atentado. Durante cerca de un mes, dos de los sicarios realizaron seguimientos al abogado, con el fin de establecer su rutina y seleccionar el sitio y la hora del asesinato.

Meses después, Silverio Jiménez, alias ‘El Soldado’ hace una confesión, buscando llegar a un acuerdo con la Fiscalía, que le representara una condena menor. Este sujeto señalaba a Mercedes Gélvez Vargas, de 32 años, esposa de Jairo Alonso Sánchez Martínez, como la persona que le pagó para que cometiera el homicidio.

“La señora Mercedes propuso que no era para asesinar al señor, sino para golpearlo y ya después. Tiempo después, cuando ella trajo la dirección y la plata, ya dijo que era para asesinarlo... Yo le dije no, usted sabe que yo no me meto en eso. Entonces ella respondió, ayúdeme a buscar una persona que haga eso...”.

El miércoles 10 de junio de 2015, casi dos años después de la muerte del abogado Jairo Alonso Sánchez, hombres del Grupo de Homicidios de la Sijín llegaron hasta la carrera 33 con calle 37 del sector de Cabecera, en Bucaramanga, y detuvieron a Mercedes Gélvez Vargas. Eran las 6:30 de la tarde y la mujer se preparaba para iniciar su jornada laboral en un karaoke de la zona. Esta mujer fue acusada del delito de homicidio agravado. No obstante, siempre se declaró inocente.

Mercedes y Jairo Alonso se conocieron desde niños en la vereda Ruitoque de Floridablanca. Una vez fue mayor de edad, Mercedes se fue a vivir con Jairo Alonso en 1998, pero solo hasta julio de 2010 contrajeron matrimonio y residían en el barrio Lagos. De esa unión fueron padres de dos niñas de 9 y 16 años.

El padre del abogado, Gustavo Sánchez, señaló en una declaración en la Fiscalía a Mercedes como una mujer agresiva, razón, afirmó, que hizo que su hijo regresara a vivir con ellos. Además, existe el registro que, en enero de 2008, cinco años antes del crimen, Jairo Alonso denunció ante la Comisaría de Familia a Mercedes por presunta violencia física y psicológica.

Mercedes, en su declaración a las autoridades, afirmó que en el 2013 se enteró que Jairo Alonso tenía una relación con otra mujer. Mientras que los padres del abogado aseguran que desde meses atrás no convivía con Mercedes y adelantaba los trámites del divorcio.

Los investigadores señalaron además que Mercedes cobró un seguro de vida a nombre de su esposo por $35 millones. Adicionalmente reclamó $11 millones que estaban en las cuentas bancarias.

La mujer explicó que con ese dinero pagó deudas que dejó el abogado. Además, los recursos se utilizaron en la manutención de sus hijas.

Uno de los investigadores le dijo a Vanguardia, que, aunque inicialmente se creyó que esta mujer ordenó el asesinato de su esposo para cobrar el dinero, la hipótesis más fuerte que manejaron relacionaba que ella no habría admitido que el abogado se separara de ella y construyera una nueva relación sentimental.

Mercedes fue hallada culpable del delito de homicidio agravado, en primera y segunda instancia, y fue condenada a 39 años de prisión. Su familia busca en la actualidad la forma que su caso sea revisado nuevamente. En la actualidad está recluida en la cárcel de Cúcuta. Silverio Jiménez fue condenado a 21 años. Gerson David Rivera, Diego Armando Barón y Robinson Suárez recibieron una pena de 18 años de cárcel. La menor fue sancionada con privación de la libertad en un centro especial de reclusión por 8 años y 4 meses.

Mercedes Palomino, mamá de Mercedes Gélvez, asegura que días antes del homicidio, el abogado Jairo Alonso se veía nervioso, sin sosiego y que en repetidas ocasiones le manifestó que tenía una deuda muy grande y que, si algo le pasaba, cuidara de sus dos hijas y de su esposa. Además, que tuviera cuidado cuando viera camionetas blindadas en la calle.

“Eso nunca se investigó. No sé quién está detrás de la muerte de Jairo Alonso. Mercedes nunca se ha declarado culpable. Ella es inocente y yo le creo...”.

“Soy inocente”

Desde la cárcel de Cúcuta, Mercedes Gélvez habló con Vanguardia y defendió su inocencia.

- ¿A usted la señalan de contactar a Silverio Jiménez y entregarle dinero para asesinar a su esposo?

“Eso es mentira. Eso es ilógico. Él me dice que yo lo busqué en tres ocasiones. Como se le ocurre que sin conocer a una persona lo voy a buscar para decirle que mate a alguien. Es ilógico. Luego dice que yo lo contacté cinco años para que golpeara a mi esposo. Eso es falso...”.

- Pero Silverio dice que la conocía de tiempo atrás.

“Eso es falso. Ese hombre no me conocía. Yo nunca tuve contacto con él. Hay inconsistencias en las declaraciones de Silverio Jiménez. Una es la declaración que él dice cuando me capturan y otra diferente entrega en la audiencia de juicio. Cómo es posible eso. Este caso no está claro. Ellos cambiaron la declaración en mi contra. Dos meses después que capturan a esta persona, él decide hablar. Por qué no habló desde el primer momento. Yo nunca me escondí. Estaba con mis hijas, tenía el mismo celular...”.

- ¿Qué motivos tiene Silverio para incriminarla?

“Creo que él buscaba un principio de oportunidad. Una rebaja en su pena...”.

¿Quién pagó por asesinar a su esposo?

Silverio lo sabe. No fui yo. No sé quién lo hizo. Llevo cinco años detenida. Soy inocente. No tengo a mis hijas. Créame, alguien me tiene que ayudar. Yo nunca me voy a declarar culpable. No tengo los recursos para pagar un abogado, pero espero que alguien me ayude a salir de este lugar, porque es injusto lo que me pasa. Yo puedo mirar a mis hijas y decirles que no pagué por asesinar a su papá. Soy inocente...

Las dos hijas de esta pareja, de 9 y 16 años, conviven con sus abuelos maternos y paternos en medio de momentos de tensión por mutuas acusaciones que se hacen. Ellas son víctimas invisibles de la violencia. Ellas sufren la muerte de su padre y la permanencia de su mamá en una cárcel, en un mundo que no comprenden y que arde en dudas.

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