sábado, 31 julio 2021
lunes 19 de abril de 2021 - 12:00 AM

En el corazón de una UCI de Bucaramanga

A propósito del día del enfermero y la enfermera, Vanguardia destaca el trabajo de estos profesionales que día a día se esmeran por salvar vidas.
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¿Qué ocurre con el personal médico al interior de una Unidad de Cuidados Intensivos? Una historia sobre lo que vivieron médicos y enfermeras por la pandemia en la UCI del Hospital Universitario de Santander.

Ver morir a una persona no es fácil. Saber que alguien agoniza derrumba a cualquiera. La derrota no es una opción para médicos y enfermeras. Ellos no se rinden. Lloran. También sonríen y agradecen las victorias. Ellos creen que pueden salvarlos a todos. Los prepararon para pelear con la muerte por años. No obstante, la vida son elecciones: Vivir o morir, y no siempre está en sus manos. Ese no es realmente su trabajo. Pero a veces pierden. Como dicen, morir no es fácil y en pandemia es más usual que alguien muera durante el turno en la UCI.

Hace dos viernes murieron tres pacientes en la noche. Era la jornada de 12 horas del médico internista Manuel Ardila. Con sus gafas redondas y una sonrisa amplia inició su turno con optimismo. Siempre ellos llegan con la ilusión de enviar a alguien a casa, donde los esperan. Manuel se cambió la ropa de calle. Sacó su bata, sus guantes, su tapabocas, sus prendas protectoras y recorrió el séptimo piso donde se ubica una de las Unidades de Cuidados Intensivos, UCI, para personas con COVID-19 del Hospital Universitario de Santander, HUS. La otra está instalada en el cuarto piso.

Hace dos semanas, en el turno de Manuel, ingresó a la UCI con graves problemas respiratorios y fiebre Daniel. Se trataba de un hombre de 56 años, casado. Trabajador toda su vida. Un buen sujeto para muchos. Uno que tuvo el coraje de asumir el cuidado de sus dos nietos de 4 y 8 años de edad, porque sus padres biológicos no estaban para ellos. Un hombre con una familia que se paralizó cuando les notificaron que ingresó por el largo pasillo de la UCI a uno de los cubículos. Cuando les advirtieron por teléfono que las noticias no eran buenas y debían conectar su cuerpo a monitores vitales y un respirador artificial. Equipos con luces rojas y verdes que no paraban de sonar, como recordando insistentes la batalla que apenas iniciaba contra la muerte. Como reafirmando que seguía vivo en cada pito agudo que inunda el lugar y discute con el silencio inamovible de los enfermos que llevaban más tiempo.

El sonido de los monitores aquí no se apaga. Nunca para de sonar. Sigue una y otra vez. Parecen gotas agudas ondeando como bandera en plena batalla hasta que sobreviene un largo sonido que esta vez no se interrumpe. Tal alarma remueve el extenuante silencio. Médicos y enfermeras acuden con prisa. Nadie es indiferente a la muerte cuando intenta asomarse. Se contabilizan los minutos en las maniobras de reanimación. En la UCI el paciente es el centro de gravedad donde todo gira. Hasta que de repente, un temblor sacude el corazón. Uno más vive. La sombra menuda de quienes derrotan lo imposible sale victoriosa del cubículo. Entonces vuelve el sonido pausado del monitor y su pito sinónimo de vida. Horas interminables se acumulan con ese sonido.

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En el pabellón perdura el blanco, que se observa en el uniforme de las enfermeras, el traje de los médicos, se refleja en las vasijas de metal, los tendidos, el techo, las paredes. Todo parece tener ese tono lechoso amargo. El lugar no huele raro, pero se siente distinto. Tal vez porque para muchos la vida en crisis huele diferente, así esté escrupulosamente aseado. Al inicio de la mañana las enfermeras llegan con sus carritos y sus toallas, revolcando con sus sonrisas, saludos, mensajes, caricias y una menuda lluvia de buena energía los estragos de alguna mala noche de los pacientes. El humor nunca está de más. Dicen que hay pocas expresiones de fraternidad más genuina, que cuando nos reímos con alguien.

Algunos pacientes en la UCI tienen máscaras de oxígeno. Son caretas del tamaño de un rostro. Están somnolientos. Los médicos dicen que tener un chorro de oxígeno chocando vigoroso contra la cara permanentemente puede ser incómodo, por lo que pasan las horas un poco sedados. Otros están intubados. Durmiendo, pero no su lucha. Tienen los ojos con esparadrapo para mejorar la lubricación del ojo. Aquí el estado crítico de un paciente puede cambiar de forma rápida y dramática. La necesidad del apoyo ventilatorio en términos de oxigenación o de ventilación no da espera, como le ocurrió a Daniel, quien los primeros días permanecía consciente y literalmente pedía rogando al médico Manuel que no fuera necesario ser intubado.

La intubación endotraqueal y la ventilación mecánica son necesarias en los pacientes que son incapaces de mantener una oxigenación o una ventilación apropiadas, o que necesitan una protección de la vía respiratoria. El objetivo de la ventilación mecánica es mejorar la oxigenación y la ventilación, facilitando el descanso de los fatigados músculos en el proceso de la respiración. Los médicos afirman que la ventilación mecánica es un tratamiento de tipo complementario debido a que realmente no actúa sobre las causas de la enfermedad, ni sobre sus posibles complicaciones. La ventilación mecánica ahorra tiempo para la aplicación de otras intervenciones terapéuticas en la lucha contra la COVID-19.

La mirada de los pacientes en cada uno de los cubículos de la UCI impresiona. Sencillamente no la tienen o si algún paciente alcanza a abrir sus ojos, en un acto reflejo, su rostro se observa ausente. Muchos han cambiado. Están enflaquecidos y gotean ojeras de sus caras. Sin embargo, sus rostros son expresivos a través del paso puntual de algún sonido que recuerden. Una voz que les revuelca la memoria. Una palabra de aliento de alguna transmisión por teléfono que las enfermeras le ponen. De la lectura de alguna carta de amor. El hogar, ha de saberse, es también un lugar en la mente. Cuando está vivo vibra con los recuerdos, los rostros, los sonidos de épocas pasadas.

En este pabellón todos parecieran esperar algo, no la muerte, a la que ni siquiera se nombra, sino una visita inesperada, una voz familiar, una caricia cargada de ‘quereme’, algo que no ocurre en medio del aislamiento obligatorio de la UCI. Pero ocurren milagros y a toda hora. Provienen de personas a las que llaman enfermeras, cuyo trabajo en la UCI va más allá de hacer curaciones, revisar monitores, tomar signos, suministrar medicina y seguir las indicaciones de los médicos especialistas.

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A veces ocurre que personas a las que no conocemos nos inspiran un interés súbito. Una empatía única. Incluso, antes de cruzar palabras con ellos. Las enfermeras, en el fondo de lo más interno de su ser, parecieran pronosticar sus turnos al cruzar la puerta de la UCI. Mañanas un poco frías de preocupación porque algún paciente nada que se recupera como debía. Mediodía de sufrimiento, algo de rabia y tal vez temor. Esto tiene que mejorar, se repiten. Tarde con la llegada de resultados de exámenes, y quién sabe, tal vez se ordene la salida de alta de algún paciente o quitarle el respirador a otro. Noche triste, con la lúgubre llamada a la morgue para notificar un deceso. Insoportable tristeza. Madrugada optimista, el nuevo día tiene que ser mejor, parece que se repiten mentalmente. Seguro habrá sonrisas, buenas noticias para los familiares, quienes llaman o escriben insistentes atrapados por la distancia.

- ¿Cómo lo ve?

- ¿Cuándo le podrán quitar el respirador?

- ¿Usted cree que mejorará?

Ellas, las enfermeras, emiten su ‘boletín’ de acuerdo con la historia clínica del paciente. Pero también agregan que estarán atentos a las necesidades de sus seres queridos. El mejor regalo que le puedes dar a alguien es su tiempo. Le das una porción de tu vida que jamás volverá a ti. Ellas tienen fe ciega que vendrán mejores tiempos, para todos. Una de ellas es Yuliana Chávela Palacio, jefe de enfermeras de la UCI del Hospital Universitario de Santander. Como ella, la contribución de las enfermeras para combatir el virus y salvar vidas ha sido enorme. Desde brindar atención y cuidados directos a pacientes hasta acompañar a las familias que sufren por sus seres queridos a la distancia.

Yuliana recuerda a Jorge. Un paciente de 32 años, casado y con una bebé de siete meses de edad. Él estuvo tres meses en la UCI hasta que un día derrotó el virus y salió triunfante del hospital. Su número de contacto siempre lo tuvo la esposa de Jorge. Por allí primero le hizo una llamada en video antes que lo entubaran. Luego recibía los mensajes de la mujer y se los reproducía en el cubículo, a pesar de que él estuviera sedado.

- Vivimos situaciones fuertes. Él tuvo todas las complicaciones que se pueden registrar en la UCI. Infecciones asociadas a la hospitalización. Entubación. Traqueotomía. En muchas ocasiones lo vimos más allá, que acá. La esposa me enviaba los videos de la bebé. Uno llegaba a su cama. Lo saludaba. Le decía, ‘aquí está tu bebé’. ‘Te llegó un video’. ‘Tu esposa y ella te están esperando’. ‘No te rindas’. De alguna forma uno veía que él reaccionaba, a pesar de su situación. Incluso lloró y uno lloraba con él al escuchar a la bebé balbucear. Él es el paciente más especial que me ha tocado en este año de pandemia. Para mí fue una felicidad cuando salió y aún hoy me envían videos de su familia.

En muchas otras ocasiones no hay respuesta. Sin importarlo, las enfermeras en este pabellón se han encargado de mantener viva la esperanza. Si pudieran verlas. Como los tratan con cuidado. Como los asean con dedicación y amor. Como les hablan con cariño. Como les dicen que vendrán mejores tiempos y que afuera los están esperando. En otras ocasiones solo los observan. Precisamente el silencio de las miradas es la conversación más recurrente. En esta UCI lo que cuenta no es lo que se dice muchas veces, sino lo que no es necesario decir:

- No te rindas, por favor.

Triste realidad

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Hasta el pasado viernes, en el mundo se registraban 139 millones de casos de COVID-19, de los cuales han muerto 2,9 millones de niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad. Eran padres, hijos, abuelos, sobrinos, esposos, compañeros de alguien que a esta hora, seguramente los recordará con nostalgia. Colombia contabiliza 67.199 defunciones por este virus, de un total de 2.602.719 casos. En promedio cada 7,8 minutos murió un paciente con COVID-19 en el país en el último año. Solo esta semana se registraron casi 100 mil nuevos contagios en el país, y en Santander las cifras aumentan con preocupación.

De acuerdo con datos suministrados por la Secretaría de Salud de Santander, a la fecha el área metropolitana de Bucaramanga registra una ocupación UCI del 76% y en el departamento la cifra es del 70%. De estas personas, el 26% hace referencia a casos de coronavirus y el restante 44% por otras patologías. Santander registra 2.460 casos activos ubicados en 48 municipios.

Aunque la vacuna llenó de esperanza, la realidad es que los pacientes siguen llegando y muriendo. Un tema que preocupa hace referencia con las edades de los pacientes en la UCI. De los 129 pacientes del departamento que se encuentran en este pabellón, el 41% tienen entre 40 a 59 años. Y cada vez más, según los médicos, llegan pacientes más jóvenes. Unos sobreviven. Otros mueren.

La enfermera profesional de la UCI Yuliana Chávela Palacio recuerda que cuando empezó la pandemia el temor la dominaba. Incluso confiesa que prefería no ir a almorzar por miedo a contagiar a alguien o contagiarse retirándose toda la indumentaria de protección.

- Un compañero me decía: ‘Tiene que ir a almorzar’, pero yo me aguantaba. Me dolían las piernas y los pies los tenía inflamados por las jornadas de trabajo. En los picos de la pandemia la carga laboral fue plena. No dábamos abasto con tantos pacientes. La ocupación estaba máxima. Vimos morir a muchos pacientes. El temor siempre está, pero lo controlo...

La jefe de enfermeras Yuliana entre frustración cada vez que regresa a su casa y observa a las personas que no guardan el distanciamiento social o simplemente no utilizan de forma correcta y permanente el tapabocas o no se lavan las manos.

- Ellos no conocen la lucha que se vive aquí, todos los días, para salvar vidas...

Hace un año, al inicio de la pandemia, enfermeras y médicos de la UCI del Hospital Universitario de Santander no conocían la muerte por COVID-19. Nunca habían visto a nadie fallecer en la UCI por este virus. Pero los vieron perder la vida. Uno tras otro. En batallas que no controlaban. En personas que no conocían. No mienten al decir que quedaron extenuados, fatigados, destrozados. Ellos, a su modo, llevan ese duelo. Lloran a los pacientes cuando abandonan el uniforme. Algunos llegaron a preguntarse si no pudieron salvar la vida, simplemente se podría mejorar la muerte.

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Muchas personas mueren paulatinamente. Las últimas horas son sin duda importantes. Pero, a menudo, la despedida comienza antes.

Una muerte que no se olvida en esta UCI es la de Alejandra. Era una joven de 25 años y sin comorbilidades. Sonriente, alegre y con el futuro llamándola a la vuelta de la esquina. La enfermera profesional Yuliana Chávela Palacio recuerda una de sus últimas conversaciones.

- Ella llegó con problemas respiratorios. Era una muchacha delgada. Se sedó y entubó. Poco a poco fue mejorando. Cuando le retiramos la entubación me preguntó si ya habían abierto las discotecas. Le dije que no me preguntara eso. Salió de la UCI con cánula. La enviaron a piso. Pensábamos que saldría. Al poco tiempo regresó. Sus pulmones colapsaron y murió. Era muy joven...

La muerte toma posesión del pabellón con frecuencia. Médicos y enfermeras saben que uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final, pase lo que pase.

Esa lección la recordó el médico internista Manuel Ardila cuando se tomó la decisión de entubar a Daniel debido a la falla respiratoria. El hombre de 56 años horas antes del procedimiento le había dicho al médico:

- No me deje morir. Yo respondo por nietos pequeños. Yo soy el que les da el estudio, les doy todo.

Manuel lo tranquilizó, pero fue realista al expresarle el tratamiento que vendría, al tiempo que le acomodaba la máscara.

- Usted viene mal y puede que necesitemos entubarlo. Don Daniel, la situación es difícil...

Horas después el médico no tuvo más alternativa que entubarlo. Durante dos semanas le hicieron un riguroso seguimiento, pero el buen hombre que solo pensaba en su esposa y sus pequeños nietos no mejoraba. Hace una semana falleció a las diez de la noche, mientras hace unos días en su lugar llegó un joven de 24 años, que está con máscara y permanece en observación para saber si deben entubarlo.

- Tuve que llamar a los familiares de don Daniel. Se me pone la piel de gallina recordar el grito de dolor de la esposa al darle la noticia. Fue un grito desgarrador que no olvido.

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Juan Carlos Gutiérrez Tibamoso

Periodista egresado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Creo en el poder de la palabra. En escuchar a las personas. Soy cronista, de los que están convencidos que siempre se escribe, no solo cuando se está frente a un teclado y una pantalla. Me gusta narrar historias sometido al indescifrable poder de ellas. La fuerza de lo real. Hago podcast, donde junto voces para relatar esa realidad. Estoy convencido que siempre existimos, mientras alguien nos lea.

@juancarl00s

cgutierrez@vanguardia.com

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