viernes, 07 agosto 2020
domingo 07 de junio de 2020 - 12:00 AM

Expedientes de prensa: Las sombras del vampiro de Bucaramanga

El Vampiro del 55 se convirtió en uno de los criminales que más estremeció a Bucaramanga. Sus homicidios trastornaron a la puritana sociedad santandereana. Dos niños fueron asesinados y dos más desaparecieron. Esta es su historia.
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Pedro Galán habló con el ‘Vampiro’, 24 horas antes de que asesinara a su hijo de siete años, con tal sevicia, que se convirtió en el primer criminal en serie en la oscura historia judicial de Santander.

El asesino llegó la tarde del sábado 19 de febrero de 1955 a la Tintorería Internacional, ubicada en la calle 48 Nº 18-28, preguntando por un sombrero. El hombre se midió varios modelos, hizo infinidad de preguntas sobre gorros y birretes, para terminar, despidiéndose sin efectuar ningún negocio, lo que le causó molestia a Pedro. Esa tarde el ‘Vampiro’ identificó a su víctima.

A la mañana siguiente, a eso de las nueve, Pedro envió a su hijo, David, hasta la tienda del barrio a comprar una panela. El niño cumplió el mandado y por orden del padre se bañó, se cambió de ropa y salió a la calle a jugar como era su costumbre dominguera. Desde ese momento nadie supo su paradero hasta el martes 22 de febrero.

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Corrían las 11:40 a.m., cuando un grupo de niños sintió curiosidad al observar a lo lejos unos chulos que devoraban a picotazos un bulto que parecía ser un perro muerto. La chulamenta estaba alborotada unos 20 metros arriba del puente de la carrera 21 con calle 47. (Hoy Avenida La Rosita).

Cuando los niños se acercaron atraídos por los chulos, encontraron que no se trataba de un animal sino del cuerpo semidesnudo de David. El menor estaba recostado junto a las ruinas de una pared, a cinco metros de la quebrada ‘La Rosita’, con señales de estrangulamiento y abuso sexual.

Nada tiene de extraño que, en otros lugares próximos o distantes de la ciudad, el ‘Vampiro’ haya asestado otros golpes, y que, para evitar la intervención de las autoridades, sepultara a sus víctimas, o las arrojara en sitios de difícil acceso, para convertirlas en pasto de los cuervos y las fieras

A pocos metros del cadáver estaba la camisa que llevaba David. Los hombres de Servicio de Inteligencia de Colombia, SIC, encontraron un papel sucio y ensangrentado en la prenda que contenía las siguientes palabras: “Vampiro-BIS 110”.

En el Anfiteatro Municipal, el médico forense advirtió que la muerte de David se produjo por la fractura de la segunda vértebra cervical. En su informe detalló que el cuerpo del niño presentaba marcas de mordeduras y golpes, entre otros atroces maltratos que produjeron la salida de varios órganos del cuerpo de David.

Los periodistas judiciales relataron en detalle las monstruosidades que el asesino aplicó al pequeño y que conmovieron a la puritana sociedad de entonces. A las 12:30 p.m., el SIC terminó sus diligencias y para ese entonces más de media Bucaramanga ya sabía que el ‘Vampiro’ (como fue bautizado este criminal) había atacado.

Primer cadáver

Pedro Pablo Rey, de cinco años, salió de su casa ubicada en la carrera 29 entre calles 16 y 17, el domingo 20 de febrero, a las tres de la tarde para asistir con sus dos hermanos al catecismo de la iglesia de San Francisco.

A eso de las cinco de la tarde los hermanos de Pedro Pablo se adelantaron para llegar pronto a la casa. Alonso de 8 años y Elsa de 7, caminaron hasta encontrarse con su mamá, donde descubrieron que el menor de la familia ya no los seguía.

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Leticia Cancino buscó a su hijo en los alrededores del barrio, sin suerte.

Al día siguiente (lunes 21 de febrero), cuando un grupo de niños se dirigía a la escuela, a las 6:30 a.m., hallaron el cadáver de Pedro Pablo Rey. Estaba boca abajo, semidesnudo y era presa del desenfreno de aves de rapiña.

Por Bucaramanga la noticia corrió sin remedio y en cada cuadra era alimentada de forma personal hasta concluir que el cadáver del niño presentaba 20 puñaladas.

Horas después, el médico forense informó que no se trataba de heridas con arma cortopunzante, sino que fueron producto de mordeduras.

El médico legista consignó en su informe que “el niño fue víctima de bestiales tratamientos y violación sexual. El agresor consumó en su inocente víctima los más absurdos y desviados propósitos, demostrando una perversidad morbosa que raya con lo inconcebible. Indiscutiblemente se trata de un homosexual sadista y sanguinario en grado superlativo, como los que hicieron famoso al sombrío personaje del Marqués de Sade”.

Lo que más desconcertó a los hombres del SIC, fue detallar cómo el agresor escribió en el abdomen y músculos de Pedro Pablo, con lapicero de tinta color morado, las palabras: “Pedro Vampiro 88”.

Hasta ese lunes, el Servicio de Inteligencia de Colombia pensaba que el número 88 llevaba la cuenta del macabro registro de víctimas.

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Gritó por ayuda

El hallazgo de los dos cadáveres, más la desaparición de los menores Gilberto Ramos y Jorge Cétares de 12 años, cuyos cuerpos no fueron encontrados según la literatura judicial de la época y cuyas muertes fueron atribuidas al ‘Vampiro’, causó pánico en los hogares bumangueses.

Padres de familia decidieron por varias semanas no enviar a sus hijos a estudiar, les prohibieron salir a la calle y mucho menos pasar por el puente de ‘La Cochera’ (avenida La Rosita).

Fue tal el choque emocional en la ciudad, que la firma Gaseosas Hipinto ofreció la suma de 500 pesos a la persona que diera información sobre el paradero del autor de los crímenes.

En esa época arrendar una casa costaba mensualmente entre 10 y 15 pesos.

En las estaciones de Policía creció por su parte el número de denuncias por desapariciones de menores de edad, pero en la mayoría de los casos las autoridades llegaban a la conclusión de que se trataba de una falsa alarma.

El SIC anunció a la comunidad “que era factible que, en lugares próximos o distantes de la ciudad, el ‘Vampiro’ haya asestado otros golpes y que, para evitar la intervención de las autoridades, sepultara a sus víctimas o las arrojara en sitios de difícil acceso para convertirlas en pasto de los cuervos y las fieras. Es necesario que el público colabore en este sentido con las autoridades y que acuda a los lugares en donde aparezcan bandadas de cuervos para investigar. En el caso que llegara a descubrirse cualquier crimen, que se presuma atribuible al ‘Vampiro’, el público debe abstenerse de acercarse al cadáver, ya que sobre el terreno pueden quedar huellas de indiscutible valor”.

Con la ciudad trastornada, el SIC encontró una pista del ‘Vampiro’.

Dos niños entregaron a los investigadores datos sobre la apariencia del ‘Vampiro’. Su testimonio fue fundamental en su captura.

El niño Manuel García, de siete años, le dijo a la Policía que alrededor de las siete de la noche del domingo, cuando se encontraba jugando a media cuadra del lugar donde encontraron el cadáver de Pedro Pablo Rey, escuchó los gritos angustiosos de un niño. Manuel contó que le dio mucho miedo, por lo que salió corriendo para la casa.

Otro niño del sector, Ernesto Farfán, de siete años, residente en la calle 15 entre carrera 26 y 27, declaró que pasadas las siete de la noche del domingo, cuando pasaba la avenida, vio a un hombre vestido de oscuro, quien con linterna en mano se metió al matorral donde apareció el cuerpo de Pedro, luego salió y esperó el paso del autobús ‘Romero Modelo’.

Los dos menores entregaron a los investigadores datos sobre la apariencia del ‘Vampiro’.

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‘Cacería de brujas’

La golpeada y mojigata sociedad santandereana inició una ‘cacería de brujas’ ante los dos muertos y dos desapariciones. Toda persona de la que se presumiera tuviera tendencia homosexual, se convirtió en sospechosa.

El 5 de marzo de 1955, los ‘chivos expiatorios’ fueron mostrados a la comunidad y encerrados bajo insultos en la cárcel de La Concordia, sí ubicada en el barrio del mismo nombre de Bucaramanga.

“El Juzgado Tercero Superior ordenó la captura contra Casimiro Antolínez y Jesús María Paipilla como responsables del delito de homosexualismo. Los sindicados confesaron con el mayor descaro sus delicadas actuaciones, enorgulleciéndose de practicar el comercio homosexual”, reseñó el documento del poder judicial.

El morbo por su parte hizo presa de los bumangueses, hasta el punto que una mañana se reportó el hallazgo de un cadáver de otro niño por los lados de donde en la actualidad se ubica el parque de la Sociedad de Mejoras Públicas. Aunque se trató de una falsa alarma, el simple rumor hizo que más de 300 personas se reunieran allí.

Capturan al ‘Vampiro’

A las ocho de la noche del martes 22 de febrero, los hermanos Amado (niños de 8 y 9 años) se dirigían a la tienda ‘La Casita’, ubicada en la carrera 22 con calle 39, con el propósito de comprar varias mestizas.

Al salir se encontraron con un hombre que dijo regalarles juguetes si lo acompañaban hasta la quebrada La Rosita. Uno de los hermanos salió corriendo y a las pocas cuadras se encontró con dos agentes de la Policía, quienes salieron en búsqueda del hombre.

A la autoridad se le sumó un grupo de vecinos con palos. El hombre salió corriendo y fue detenido dos cuadras adelante. El sujeto detenido fue identificado como Pedro Vicente Calderón Acosta, de 33 años, albañil y carpintero de profesión.

Los expedientes judiciales dan cuenta que había estado detenido y era prófugo de la penitenciaria de Pamplona. En 1945 fue sentenciado a nueve meses de prisión por hurto, al año siguiente purgó 12 meses por robo y abuso de confianza y en 1948 se le condenó a 21 meses por los mismos delitos.

Cuando el SIC lo detuvo, se presumía que estaba bajo los efectos de la marihuana. El hombre llevaba en el pecho pintados dos puñales y su cuerpo presentaba marcas de arañazos recientes.

Los sindicados confesaron con el mayor descaro sus delicadas actuaciones, enorgulleciéndose de practicar el comercio homosexual

La Policía informó que, en la casa de Pedro Vicente Calderón Acosta, ubicada en la calle 39 Nº 20-21, se hallaron pantalones ensangrentados.

La letra aparecida sobre el cadáver del niño Pedro Pablo Rey y en el papel junto al cuerpo de David, eran iguales a las huellas de caligrafía practicadas al capturado. Las pruebas de la dentadura salieron positivas con las huellas que registraban los cadáveres.

La habitación del ‘Vampiro’ era de aproximadamente unos tres metros de largo por 1,80 metros de ancho. La separaba un tabique de tablas del resto de la casa. Sobre el suelo había una estera y una caja de cartón llena de chucherías y otra con prendas de vestir.

¿Era culpable?

El caso de los asesinatos de los niños lo asumió el juez Segundo Superior del Distrito Judicial, Pedro Ardila Beltrán, quien el viernes 27 de febrero le dijo a los periodistas que el SIC se había precipitado al señalar a Pedro Vicente Calderón Acosta como el autor de los crímenes.

El reversazo en la investigación alteró aún más a la sociedad, que clamaba justicia, así fuera un inocente. Al día siguiente en la calle se rumoraba que Pedro Vicente no sería el asesino y hasta se especulaba con otras capturas. Se dijo que el verdadero ‘Vampiro’ habría huido de la ciudad al darse cuenta de que las autoridades le seguían los pasos.

“El temible ‘Vampiro’ se vio acorralado y tuvo miedo de enfrentarse a la justicia, a pesar del desafío que hizo a las autoridades dejando estampada su marca en el cuerpo de las víctimas”, publicó Vanguardia Liberal en esa época.

También se coló a la opinión pública que las pruebas hechas a la dentadura no fueron confiables, que no se practicaron exámenes de sangre a víctimas y el acusado y que finalmente las autoridades no acordonaron el área, así que las posibles huellas que pudo dejar el asesino, fueron borradas.

Aunque el SIC negó cualquier tipo de tortura a Pedro Vicente Calderón Acosta, se conoció por fuentes secretas que en la cárcel de La Concordia lo mantuvieron con una mano amarrada a los testículos con cabuya (abrían un hueco al bolsillo del pantalón), le hicieron beber agua del inodoro y le introdujeron objetos en las uñas. Todo para que ‘cantara’.

De La Concordia el ‘Vampiro’ fue remitido al manicomio de Sibaté (Cundinamarca), después de ser examinado por médicos del Instituto Central de Medicina de Bogotá, quienes lo declararon como un “perverso instintivo de enorme peligro social”.

¿Qué pasó con el Vampiro?

El 19 de abril de 1955, el Juzgado Segundo Superior dijo que Pedro Vicente Calderón Acosta era el ‘Vampiro’ y que la investigación había concluido con el auto de detención. El ‘Vampiro’ regresó a los calabozos de Bucaramanga (en aquel entonces la mayor condena impuesta no podía superar los 24 años) y la historia se olvidó de él.

En 1973, 18 años más tarde, el sociólogo e historiador Emilio Arenas aseguró haberlo visto en la cárcel Modelo de Bucaramanga. Los presos lo conocían como el recluso más antiguo del penal, apodado el ‘Vampiro’.

“Tenía unos 55 años. Lavaba los platos de los internos. Y aunque ya había cumplido la condena, no quería salir de la prisión. Calzaba alpargatas, tenía los ojos pequeños y seguramente murió en la cárcel...”, cuenta.

Vanguardia Liberal buscó entonces a los presos más antiguos de la Modelo, quienes aseguraron no recordar al famoso ‘Vampiro’. Lo cierto es que desde febrero de 1955 estuvo en las celdas del SIC Pedro Vicente Calderón Acosta y de allí no volvió a caminar libremente por la ciudad. No obstante, en mayo y junio de esa época, en Bucaramanga y Concepción, un hombre con idénticas características intentó llevarse a la fuerza a dos niños de 8 y 9 años respectivamente, con el propósito de abusar de ellos sexualmente. El hombre escapó. Los periódicos entonces se preguntaron si era que el ‘Vampiro’ de Bucaramanga había regresado para explicar el porqué de su marca con los números 88 y 110.

“Gritos de terror” y voces que pedían “maten al vampiro”

Los relatos judiciales indicaban que la Policía le seguía los pasos a Pedro Vicente Calderón Acosta. Ramón Méndez, de 50 años, residente del centro de la ciudad, le dijo al reportero de Vanguardia, que la noche del martes 22 de febrero, cuando capturaron al ‘vampiro de Bucaramanga’, la comunidad intentó lincharlo.

“Los niños del barrio, que antes fueron molestados por el monstruo señalaron a este sujeto como la persona que días atrás corría detrás de ellos con fines inconfesables y para hacerles propuestas indignas. Un chiquillo de cinco años también lo señaló, pero cuando le exigieron que se acercara para identificarlo, el niño soltó en llanto y lanzó gritos de terror”.

En las estaciones de Policía creció por su parte el número de denuncias por desapariciones de menores de edad, pero en la mayoría de los casos las autoridades llegaban a la conclusión de que se trataba de una falsa alarma.

La crónica judicial agregó además que “una multitud de gentes se aglomeró momentos después alrededor del criminal. Muchos trataron de acercarse al detenido para golpearlo y escupirle en la cara. Fue preciso que los agentes y algunos civiles formaran un círculo alrededor del sujeto, para que no fuera atacado por la multitud enardecida. Los gritos de ‘muera el monstruo’ y ‘que maten al vampiro’ brotaban de las gargantas de la gente”, se escribió en las páginas de Vanguardia.

En la memoria de la gente estaba el relato de la muerte del niño David Galán:

“Un detalle que muestra la ferocidad sádica del criminal es que le arrancó de un mordisco el ojo derecho del niño, chupándole el contenido de la órbita. Se supone que el ‘vampiro’, para saciar sus bestiales instintos, chupó la sangre de sus víctimas”.

“Las vampiresas”, así las llamaban

La casa ubicada en la calle 39 N° 20 -21 fue bautizada como la “morada del vampiro” y tejieron sobre esta vivienda las “más absurdas conjeturas”, como relataron los reporteros judiciales de la época.

Gabriela Ríos de Gil, 28 años, quien tenía la vivienda en arriendo, explicó que Pedro Vicente Calderón Acosta vivía solo en una habitación y que su familia no tiene relación con este sujeto. Sin embargo, aseguró que después de la captura las mujeres que habitan esta propiedad fueron llamadas como “las vampiresas”.

“La vida se nos ha hecho imposible desde la captura de Pedro Vicente Calderón Acosta, ya que tan pronto asomamos a la puerta, la gente nos grita ‘las vampiresas’, creyendo que somos parientes del ‘vampiro’. Eso es falso...”, señaló con temor de ser víctima de algún apedreo o cosa por el estilo.

Gabriela Ríos de Gil en octubre de 1955 arrendó la habitación a Pedro Vicente Calderón Acosta y su mamá, María Calderón, quien vivió con este sujeto 20 días para regresar a Girón, de donde era oriunda. Por este cuarto se pagaba al mes cinco pesos.

“Pedro quedó solo. Frecuentemente salía con rumbo desconocido y no regresaba sino a los ocho días. Es un tipo bastante raro. Siempre llegaba como de mal humor y no saludaba a nadie. Muchas veces ni lo sentíamos llegar. Pasaba directamente a su habitación, se cambiaba de ropa, y salía nuevamente a la calle, sin chistar una sola palabra...”, le dijo en ese entonces al reportero de Vanguardia.

Pero lo que llamó la atención y que ayudó a crecer el mito del ‘Vampiro del 55’ fueron las declaraciones de la mujer sobre los gustos de Pedro Vicente.

“Una vez, hace como tres meses, llamó a mi hija de cuatro años a su pieza. Por fortuna yo me di cuenta y lo reprendí para que no lo siguiera haciendo. También le exigí que me entregara la pieza. Varias semanas después lo encontré manoseando a mi hijo de tres años. Otra vez lo regañé duro y volví a pedirle la pieza, pero se negó a entregármela. Las gentes ya habían venido a decirme cosas muy feas de este sujeto. Como que le gustaban los niños y odiaba a las mujeres. Y es cierto, porque jamás miró con buenos ojos, ni molestaba a las chinas grandes... siempre buscaba a los chiquitos”, aseguró la asustada mujer días después de la captura del vampiro de Bucaramanga.

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