miércoles, 28 octubre 2020
martes 25 de febrero de 2020 - 12:00 AM

Severo Hernández: sin trofeos, pero con su nombre en el libro de la gloria

Al ciclista Severo Hernández le robaron cientos de trofeos y sus bicicletas de pista y de ruta, en las que se inmortalizó como el ‘Verraco de Guaca’, pero sus gestas permanecen intactas en las páginas de gloria del deporte santandereano, en las que escribió que fue el primero en ganar una etapa de Vuelta a Colombia y el primero en competir en unos Juegos Olímpicos.
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En la tarde del jueves 13 de febrero de 2020, con una llamada telefónica, un vecino lo alertó: “La puerta de su finca está abierta”.

En esa noche, en el Barrio La Concordia de Bucaramanga, casi no logró conciliar el sueño y madrugó con destino a Lebrija para ver qué había pasado.

Al llegar, intentó acelerar el paso, pero las secuelas de una dura caída cuando bajaba raudo del Picacho en su bicicleta, que lo dejó con una pierna más larga que la otra, y el peso de sus cerca de 80 años, lo obligaron a ir muy despacio.

A él solo le preocupaban sus recuerdos, por eso, inmediatamente fue donde cuidadosamente los había acomodado y al encontrar desolada la habitación en la que antes lucían sus dos caballitos de acero, de pista y de ruta, y los cientos de trofeos conseguidos en sus años de triunfador, se derrumbó.

No logró contener el llanto y, de repente, su vida pasó en un ‘flashback’ que trajo la secuencia de toda su carrera ciclística.

Con las etapas difíciles se enfrentó, primero para salvar la vida y después para salir adelante. Severo Hernández Tarazona tenía ocho años cuando en 1949, un año después del ‘Bogotazo’, tuvo que huir junto a su padre, Timoteo; su madre, Abdulia; y sus hermanos Alicia, Briceida, Teófilo, Leonidas y Socorro, porque la violencia de la época estaba marcada por los enfrentamientos entre conservadores y liberales.

El trayecto fue más duro que las Vueltas a Colombia en las que más adelante compitió. A lomo de mula, sobre las espaldas de su padre y caminando, transitó desde la vereda Potrero Grande, a cuatro kilómetros de Guaca, hasta Bucaramanga.

Fueron 20 días (una Gran Vuelta Ciclística tiene 21 fracciones) los que tardó la familia Hernández Tarazona para recorrer los aproximados 90 kilómetros, por el Alto de Las Nieves, Cepitá y El Pescadero, hasta que finalmente terminaron la odisea en la ‘Ciudad Bonita’, donde empezaron una nueva vida.

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El mensajero más rápido

En la década de 1950, la población búcara crecía considerablemente por los desplazamientos forzados producto de la violencia, el Atlético Bucaramanga daba sus primeros pasos en el fútbol profesional, la UIS también iniciaba labores con las carreras de ingenierías eléctrica, mecánica y química, y Severo Hernández se daba ‘severos porrazos’ aprendiendo a montar en una bicicleta prestada, en una tarde deportiva con la Concentración Camacho Carreño.

Fueron sus primeros acercamientos con el deporte de las bielas y los pedales. Al poco tiempo, su padre le compró una bicicleta para que no llegara tan tarde a la casa, porque en el día trabajaba en una tienda y en la noche estudiaba.

Esa misma ‘bici’, de placas 2542, le sirvió para trabajar de mensajero en el depósito de drogas de Alfonso Riascos y repartiendo cartas. Así, como quien no quiere la cosa, empezaron las primeras competencias, porque se ‘picaban’ con los otros compañeros para ver quién hacía más rápido los recorridos. Y no había nada qué hacer con las delgadas, pero potentes piernas de Severo.

Y en esa misma bicicleta, de la que queda una foto colgada en la pared de su casa, que señala con la mano derecha que empuñaba para celebrar los triunfos, le dio la primera alegría cuando se inscribió en una competencia local, la ‘Doble a Piedecuesta’, y para sorpresa de todos, ganó.

Con su hermano Leonidas compartía el gusto por el ciclismo. Con él, veían pasar a los ciclistas de la naciente Vuelta a Colombia y escuchaban los relatos radiales de las hazañas de Efraín Forero y Ramón Hoyos, los primeros vencedores de la histórica carrera nacional.

Cuando llegó al Parque de los Niños, la competencia ya había finalizado y al preguntar quién había ganado, se llevó la grata sorpresa de que “un muchacho flaco, moreno, que reparte cartas y medicinas”.

Corrió a la casa, en el Barrio San Alonso, y se fundió en un abrazo eterno con su hermano: “Yo no pensé que usted fuera a competir, que alegría tan grande hermano”, me decía, y otra vez me abrazaba, recuerda un nostálgico Severo, que de su nombre, que la RAE define como “riguroso, áspero, duro en el trato o el castigo”, no tiene nada. Es un caballero que nos abre las puertas de su casa, en donde los pequeños María Salomé y Juan Diego tratan de comprender por qué el ‘abuelo loco’, ese que les compone canciones y es cómplice en los juegos, saca cientos de imágenes viejas y habla de sus gestas deportivas con los señores de Vanguardia.

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La gloria deportiva

Para medir la dimensión de Severo Hernández en el ciclismo, es suficiente con repasar algunas de sus actuaciones.

Fue el primer santandereano en ganar una etapa de la Vuelta a Colombia, el primer santandereano en competir en unos Juegos Olímpicos y el primer santandereano en salir del país para correr en competencias internacionales: Juegos Bolivarianos, Campeonatos Mundiales, Vueltas a México y a Táchira, entre otros.

Para asistir a su primera Vuelta a Colombia, en 1962, le costó más de lo esperado. Además de ganarse el cupo en los exigentes chequeos locales, debió organizar fiestas en su casa para recolectar los fondos suficientes, cualquier parecido con la realidad actual de nuestros deportistas, es pura coincidencia.

Sobre las 10 p.m. se despedía de los asistentes al baile, porque “mañana tengo un chequeo, la Doble a Aratoca”, y era arrullado por el ritmo de Los Golden Boys, La Billos, Los Melódicos y Los Hispanos, los grupos musicales que en la época ponían a azotar baldosa a todo el mundo.

Sus gestas sobre la bicicleta provocaron que Alberto Piedrahíta Pacheco lo llamara ‘El Grande de Bucaramanga’ y Carlos Arturo Rueda C. lo nombró ‘El Leopardo de Santander’.

Pero Mike Forero Nougués, periodista santandereano, lo denominó ‘El Verraco de Guaca’ y fue el remoquete que más le gustó, porque resume sus orígenes y lo que tuvo que luchar en cada etapa de su vida.

Corrió al lado de y para él, el más grande ciclista que vio, su compadre Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez, con quien integró el equipo de persecución en el ciclismo de pista de los Juegos Olímpicos de México 1968.

Al lado de ‘Cochise’ también corrió en varias carreras y disputó muchas etapas, como la que transcurrió de Pamplona a Bucaramanga en la Vuelta de 1965, en la que Hernández mostró su destreza en el descenso para despegarse del grupo y aunque ‘Cochise’ le recortó diferencia en la llegada al estadio Alfonso López, no logró ‘cazar al Leopardo’.

O en la Vuelta al Táchira de 1968, en la que ‘Cochise’ finalizó primero y Severo segundo. Justamente ese fue el único trofeo que no le robaron y que nos muestra con la delicadeza de quien carga a un bebé.

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Eran otras épocas del ciclismo. En alguna ocasión Rigoberto Urán, una de las figuras actuales, reconoció que los ciclistas de la actualidad son más rápidos, porque tienen toda la tecnología a su servicio, pero los de antes eran mejores.

Y es que en el tiempo de Severo, las bicicletas pesaban el doble, las relaciones de plato - piñón eran el doble de duras, las carreteras no tenían nada que ver con las de ahora, había que atravesar quebradas, enfrentar subidas que los obligaban a poner el pie a tierra y la alimentación y los entrenamientos eran otro cuento, sin los suplementos y los potenciómetros o ciclocomputadores de ahora, que tienen todo mecanizado.

“En ese tiempo se organizaba todo antes de cada etapa, pero ya en carrera era difícil seguir el plan porque salían improvistos y nos tocaba decidir en el momento, todo era a base de sensaciones”, comenta Severo, antes de soltar la carcajada, tras recordar que con ‘Cochise’ se lamentan porque “¡compadre!, nosotros hubiéramos nacido en esta época y seríamos millonarios”.

Para cerrar la historia, quisimos que Severo le dejara un mensaje a los ladrones: “Les agradecería mucho que hagan llegar mis recuerdos por cualquier medio, pero si no aparecen, como la canción, ya muerto voy a llevarme no más un puño de tierra”.

Después del retiro
Después de su retiro como ciclista, Severo se dedicó a su negocio de repuestos de bicicletas y motos, además de asumir la dirección de las selecciones Santander de Ciclismo, en las que tuvo la fortuna de dirigir a Alfonso Flórez Ortiz, por quien intercedió ante su familia para que lo dejaran correr. Se ‘organizó’ dos veces y tiene cuatro hijos, tres damas y un caballero, y varios nietos.
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