martes, 24 noviembre 2020
martes 20 de octubre de 2020 - 9:08 AM

Cruz Roja teme efecto secundario “catastrófico” en América por la pandemia

Dos países americanos son los más afectados por la COVID-19 en el mundo: Estados Unidos con contagios que superan los 8,1 millones y Brasil con 5,2 millones de casos.
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La COVID-19, que deja ya más de 600.000 muertos en América, ha acaparado la atención y recursos del continente al punto de poner en riesgo otros temas sanitarios fundamentales, con previsibles “consecuencias catastróficas”, dijo Pedro Porrino, coordinador de Salud en Emergencias para las Américas de la Cruz Roja Internacional

Aunque la organización humanitaria considera primordial afrontar el efecto directo de la pandemia -América registra unos 19 millones de casos (50% del total global) y más de 600.000 muertes (54 %)-, la preocupación también apunta al impacto secundario: las enfermedades que están dejando de atenderse, la caída en las tasas de vacunación y la interrupción de servicios esenciales de salud.

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“Si seguimos abordando de forma casi exclusiva la COVID-19, el largo impacto, las consecuencias tan negativas del impacto secundario pueden ser catastróficas”, subrayó Porrino, médico español y experto de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja (IFRC) con experiencia en intervenciones en crisis humanitarias como la del ébola en África Occidental, el conflicto y refugio en Medio Oriente y ahora la pandemia en América.

En entrevista con Efe, el especialista en medicina humanitaria abordó ese daño colateral de la pandemia y las opciones para una región marcada por la desigualdad:

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América es ahora la región del mundo más afectada por la pandemia, ¿cuál ha sido el impacto secundario de una crisis de estas dimensiones?

La crisis sanitaria está golpeando a América de forma extremadamente intensa si la comparamos con otras regiones a nivel mundial. El impacto secundario es enorme y tiene muchísimos aspectos, pero quiero destacar los más importantes como la disrupción de servicios esenciales, de diagnóstico y de tratamiento.

Además, hay un problema de acceso a la salud que viene marcado por la limitación de la movilidad, por la desinformación y por el miedo de los individuos y comunidades a acceder a las estructuras sanitarias (ante la posibilidad de contagiarse con el virus).

Estamos viendo también que ya hay un exceso de mortalidad debido, por ejemplo, a la desatención de enfermedades no transmisibles (patologías cardiovasculares, cancerosas y crónicas) durante la pandemia.

¿Qué áreas se han visto más afectadas?

Cuando nos enfrentamos a crisis tan complejas y prolongadas, lo que tenemos es un impacto global, que en este caso está resultando realmente catastrófico. Para dar algunos datos, en agosto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó un informe que da cuenta de una disrupción de servicios esenciales de salud y más del 50% de un centenar de países consultados reportaba una discontinuidad en áreas tan importantes como los programas de vacunación. De hecho, Unicef ha informado que en este momento hay más niños en riesgo de morir por enfermedades que se pueden prevenir con vacunación.

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En América, se nota además un gran impacto en el control de enfermedades no transmisibles y de patologías cancerosas, donde sabemos que el diagnóstico y el inicio de tratamiento precoz es lo que marca la mayor o menor esperanza de vida y de recuperación.

Y otro impacto “desastroso” está en los servicios de salud sexual y reproductiva, que son fundamentales porque zonas como Centroamérica y algunas áreas de la región andina presentan algunos de los porcentajes de embarazo adolescente más altos del mundo.

En ese contexto, ¿qué pasa con enfermedades infecciosas como el dengue, del que precisamente hubo un gran brote y una alerta epidemiológica en Latinoamérica el año pasado?

R.: Esa es una preocupación muy grande y que realmente nos tiene que tener muy alerta. En la región tenemos dengue, chikunguña y también chagas, y existe una estrategia de la OMS para reducir o erradicar estas enfermedades que se ha visto totalmente impactada por el coronavirus.

Ahora mismo hay 500 millones de personas en América que están en un riesgo importante y grave de ser infectados por dengue. Estamos hablando de una enfermedad que desde antes de la pandemia era desatendida y, lejos de ir hacia un control, está experimentando un crecimiento exponencial. Además, es verdad que ahora hay un cierto retraso en el reporte de casos o los recursos han tenido que ser puestos casi en exclusividad para el COVID-19.

Al confluir el coronavirus con la desatención de enfermedades no transmisibles e infecciosas en una región marcada por la desigualdad, ¿se puede hablar de una tormenta perfecta?

R.: Exactamente, una tormenta perfecta, ahora también se maneja mucho el término de la sindemia -una sinergia de epidemias-.

Si vamos a los datos, más del 50 % de los casos acumulados de COVID-19, más del 50 % del total de las muertes y más del 50% de los casos activos están en América. Y el continente tiene además una particularidad que agrava la situación: la tremenda desigualdad en el acceso a servicios de salud de calidad.

Eso nos sitúa en un punto de partida nada favorable frente al impacto secundario, que está totalmente condicionado por la inequidad y por la cantidad de comunidades que ya vivían en la vulnerabilidad antes de la pandemia y que en estos momentos se tienen que enfrentar a situaciones prácticamente catastróficas para ellos.

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Entonces, ¿cómo puede la región afrontar las dos cosas al tiempo: la urgencia de la pandemia y atender esas otras enfermedades?

La situación nos está llevando a un impacto secundario en donde la carga de enfermedad, de discapacidad y de muerte puede ser a largo plazo incluso muchísimo mayor que la directamente atribuible al coronavirus.

Lo que está claro es que después de siete meses de pandemia no podemos seguir respondiendo como las dos primeras semanas. La pandemia evoluciona, el impacto secundario aumenta y tenemos que mostrar dinamismo y flexibilidad.

Hablamos de medios diagnósticos para COVID-19, de una posible vacuna y, por supuesto, es importantísimo, pero no podemos seguir desatendiendo problemas como el dengue, el chagas, la malaria, la fiebre amarilla o la tuberculosis.

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