domingo, 07 agosto 2022
domingo 03 de julio de 2022 - 12:00 AM

¡La emoción más grande!

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Columna de
Felipe Zarruk

A Rodrigo Barbosa jamás se le pasó por la cabeza que iba a terminar siendo dueño y presidente del equipo Atlético Bucaramanga a mediados de la década del 90. Su vida fue una aventura completa ya que a los 13 años se voló de su casa materna en Chipatá (Santander) para evitar una fuetera por parte de un tío materno ya que había cometido una pilatuna y el hermano de doña Isabel se la tenía anunciada. Se encaramó en un bus y se bajó en la terminal de Bogotá, iba en búsqueda de su hermano Elver y lo único que sabía era que vivía en el barrio Minuto de Dios. Ese mismo día lo encontró en una tienda y a partir de ahí empezó una vida llena de trabajo y sacrificios porque al tiempo que laboraba en varias empresas, estudiaba contabilidad y cuanto curso se le atravesaba por delante.

Un señor que había conocido y se había convertido en su mentor se lo llevó para Buenaventura y allí aprendió todo lo relacionado con la industria textil. Cuando el señor falleció, la esposa de este le entregó a don Rodrigo cinco mil pesos de la época, que era mucha plata, y con ese capital en sus manos no solo arregló su casa materna en Chipatá a la cual regresó después de cinco años, también se puso a comerciar con telas porque su sueño era montar una empresa.

Algún día de 1985 venía de Santa Marta y al pasar por Bucaramanga le gustó la ciudad y decidió montar aquí su primer local de venta de telas, en la carrera 16 entre calles 36 y 37. Ese sería su punto de partida y el inicio de su romance con la ciudad. Diez años después iniciaría la historia de amor con el Atlético Bucaramanga, equipo del cual no era hincha porque a él le gustaba Millonarios y los domingos sacaba tiempo para verlo en El Campín, entrando a la tribuna de gorriones que era la única que podía pagar por aquellos años juveniles.

En 1994 Tiberio Villarreal estaba ahogado con el Bucaramanga, el equipo se marchaba para el descenso y se reunieron 12 personas para comprarlo cada uno pagando un crédito. Don Rodrigo puso el dinero de todos y se quedó con el equipo en un negocio y un deporte que él no conocía. Consiguió préstamos de jugadores, nunca pagó un peso por esos préstamos y además fue tan osado que logró el patrocinio del grupo empresarial Ardila Lulle y convenció al propio dueño, el doctor Carlos Ardila, para que le ayudara con mil millones para patrocinios, uniformes y pagos de la nómina.

Sus ojos se encharcaron cuando recordó el gol del ‘fantasma’ Ballesteros y narra cómo en plena celebración de la anotación “partí una silla, me caí y lloré mucho mientras el Gobernador del Quindío, el alcalde de Armenia y el presidente del equipo me miraban sorprendidos. ¡Es la emoción más grande de mi vida!”. Afirma que el mejor jugador que él vio en el Bucaramanga en los últimos 30 años se llama Manuel Galarcio.

Hoy en día vive entre los kilómetros de telas que aún sigue vendiendo, las fotos del Atlético que adornan su oficina, el amor de su esposa y sus tres hijos y la práctica del golf los miércoles, viernes y el fin de semana. Abrazo grande para un señor directivo, de esos que hacen falta hoy en día. Chao y hasta la próxima.

FELIPE ANTONIO ZARRUK
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