Lunes 16 de Abril de 2018 - 12:01 AM

Pulso por los informales

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Columnista: Luis Fernando Rueda

Mario llegó hace tres años a Bucaramanga en busca de un mejor porvenir para él, su esposa y tres hijos: una de nueve, otra de siete y el menor de tres años. Cuatro bocas que alimentar. Se asentó en un barrio del norte de la ciudad, proveniente de El Catatumbo, cansado de la violencia y desplazado por la llegada de cientos de venezolanos que cruzaron la frontera para “raspar” las hojas de la mata de coca en esa turbulenta zona. Mano de obra más barata. Ni modo de competir.

Así que su ilusión fue probar suerte en esta capital, primero, buscando un empleo formal que le permitiera pagar el alquiler de una pieza, la comida y los servicios básicos. Lo poco que traía consigo se esfumó en esa incertidumbre, así que recurrió a los oficios varios en el vecindario, pero tampoco le alcanzó. Pronto cayó en las redes del “gota a gota” y no tuvo más opción que echarse a la calle a vender lo que fuera. Incumplir con la cuota es cuestión de supervivencia.

A este personaje, que puede ser cualquiera de los cerca de tres mil vendedores informales que, mal contados, hay en la ciudad, no le alcanza el tiempo, las ganas y los conocimientos para cumplir con los requisitos “mínimos” que exige la formalización. Mario apenas logra, si acaso, arañar 15 mil diarios que hay que repartir para lo “básico”, y claro, para cumplirle el agiotista.

Por eso a Mario no se le ha cruzado por la cabeza entender qué es un registro único empresarial, jamás ha tenido una cuenta bancaria, los únicos libros que conoce son los que medio leyó hasta tercero de primaria y sacar el RUT le parece tan extraño como un perro a cuadros.

La solución al problema de los vendedores informales no se puede convertir en un pulso odioso entre gobierno local y los gremios económicos. Tampoco es un asunto de traslados temporales ni de presentar cifras que, a la larga, terminan siendo la única cara de la pobreza que conocen los señores dirigentes. Mario, mientras tanto, solo tiene una preocupación: recoger para el diario.

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Autor: Luis Fernando Rueda
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