Viernes 07 de Septiembre de 2012 - 10:20 AM

Latinos al fin y al cabo

Todas esas deplorables crisis de entusiasmo patriótico o nacionalista sacadas del sombrero mágico de los aislados triunfos deportivos, la presencia de un colombiano en Microsoft o la celebración del bicentenario de algo que todavía no comienza, son estertores de nuestra estructura colonial, cerrada

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Las “nacionalidades” latinoamericanas son tan artificiales como superfluas son las diferencias históricas o sociales de los pueblos.  Hay sí pluralidad cultural, pero la diversidad –y esto es cada vez es más evidente- no nos aparta, ni nos distancia, por el contrario nos enriquece como individuos y como sociedad, nos empuja hacia delante, al progreso.

Colombia y Venezuela, concretamente, son una sola nación -junto con otros pueblos a los que un accidente histórico les parceló el territorio-; su pasado reciente, su compartida conformación como conglomerados sociales “pluri-étnicos”, con raíces precolombinas y coloniales, es una realidad que se impone. Casi un 80% del libro de los más de 500 años de historia registrada de estos pueblos, es común. ¿Acaso nuestras composiciones sociales son tan diferentes como para requerir una organización política distinta cada mil kilómetros?  Nuestras diferencias son apenas “costumbristas”, para usar un término que pretende ser menos omni-comprensivo que la palabra “cultural”.  Algo en el acento, algo en la música y en la comida; nada más. 

Colombia está pasando por un momento positivo y en las calles de las ciudades grandes se empiezan a ver inmigrantes de países vecinos. Ahora los más, son venezolanos. Los restaurantes, teatros y centros comerciales de Bogotá están repletos de esas mujeres garbosas y cálidas que hablan abriendo mucho los ojos y  con la frente alta; un producto típico de las calles caraqueñas. Familias de esquema, salpicadas por todas partes de símbolos de Tommy Hilfiger y Polo by Ralph Lauren –una pasión muy venezolana-, se mueven en tumulto por Medellín o Cartagena con la sensación, pintada en la cara, de no haber salido de su casa. Esforzadamente formales para encajar con la ampulosidad y el solemne trato “cachaco”, se hacen parte de nosotros para recordarnos que estamos abriéndonos al mundo, empezando a ver las cosas con ojos desprevenidos y con un solo lente: el latinoamericano.   

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Publicada por: Samuel Chalela O.
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