miércoles, 01 febrero 2023
domingo 04 de diciembre de 2022 - 12:00 AM

El nuevo diálogo de paz

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Columna de
Sergio Rangel

No sé si fue Eduardo Escobar quien dijo: “Cuando comenzaron a aparecer los Santos fue que este país se jodió”. Y no deja de ser verdad. La mitad sigue en guerra, no se sabe por qué ni contra quién. Lo que cuenta, como dice el corrido, es el “billete verde”. Inquietante. Quién iba a pensar que los “elenos” terminarán en el “club del Go” de La Habana, el juego que escogen los generales retirados para seguir soñando con la guerra. Existe un cuento que dice que, entre los “retiros espirituales” de La Habana, uno de los jefes decide oír la idea de unos desequilibrados, volver cenizas la Escuela de Cadetes General Santander, que era tanto como volar el colegio de las hermanas de la Presentación. Repleta de muchachos de provincia, cuyos padres vendieron una vaca y las gallinas, para verlos portar el sable de quienes imponen el orden y la tranquilidad y el sueño ciudadano en las oscuras calles de las ciudades de nuestro país. Estoy seguro que ese episodio tan salvaje se lo guardó alguíen en el bolsillo de atrás, sin consultarlo, para que no le desautorizaran o le robaran su cobarde idea que era como “asesinar un ruiseñor”. Los envejecidos comandantes siguieron jugando al Go, ese infernal juego de los chinos en el que se simula estar en retirada y se envuelve al enemigo en la telaraña de la fatalidad y la derrota.

Y todo comenzó a salir mal de la voladura de un tubo cerca a la orilla del Magdalena, cuyo nombre no quiero acordarme. Las madres vueltas brasas corrían enloquecidas tras sus hijos, hasta que el fuego se apagó y no quedó prueba de que allí hubiese vivido alguien. No quiero imaginar los sobresaltos en los camastros de los comandantes y el ulular del viento que viene del mar de La Habana. Es el mismo llanto de todos los muertos de este país. Mezclar la dulce doctrina de Jesús con el tronar de la fusilería de curas renegados no tiene explicación posible, así se hable del derecho divino de la rebelión.

¿Y qué pensará Laforiu (sic) a todas estas? Alargar el ‘chico’ como los billaristas cuando del alargue depende el triunfo. Para este caso no es así. Tampoco como en el billar. Era que al señor Laforie (sic) no le conocíamos la tacada... Los gringos quieren pasear los enjaulados por el mundo. Pero eso tampoco se puede.

Entonces lo mejor es morir de viejos en La Habana como Vásquez Castaño y como el ‘Hombre que amaba los perros’, quien mató a Trotsky con la picota de escalar montañas.

Sergio Rangel
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