martes, 16 agosto 2022
lunes 04 de julio de 2022 - 12:00 AM

Del buen conde Lucanor

Tratar de ser feliz sin darme al juicio de los otros. Y es que, no lo olviden, siempre que no se obre mal el qué dirán ha de ser la última de nuestras preocupaciones

Compuesto en el siglo XIV, El conde Lucanor es uno de los libros que más me recuerdan mis épocas de universidad. Estudiaba Derecho en la Javeriana y me planteaba si entrar también a Literatura o Filosofía, ya fuera yendo en detrimento de mi primera carrera o ya compaginando ambos estudios. En ese momento parecía una decisión importantísima y por eso lo consultaba con la gente, que curiosamente me señalaba solo lo malo de cada opción. En una ocasión, y viendo que no me decidía, un amigo me envió aquel librito recomendándome la historia II. En ella se refería que, alguna vez, el conde Lucanor le habló a Patronio, su consejero, para confesarle lo preocupado que estaba por cierto asunto. Se debatía entre hacer una cosa o no hacerla, sintiendo que, igual, iba a ser criticado por unos si la hacía y por otros si la dejaba de hacer. Patronio, entonces, le contó este cuento:

Un día de mercado padre e hijo fueron al pueblo llevando una mula para traer la carga. Yendo los dos a pie, se encontraron a unos hombres que opinaron que ni uno ni otro parecían muy sensatos pues ambos preferían caminar mientras que la mula andaba descargada. Notándolo, el padre mandó al hijo a que se subiera. Al cabo de un rato se volvieron a cruzar con otros hombres que les señalaron la crueldad de que el anciano caminara y el joven, por su parte, cabalgara, razón por la cual el hijo decidió ceder su puesto. Sin embargo, pasado un tiempo aparecieron otros hombres que criticaron esta vez la dureza del viejo: por su edad debía estar acostumbrado a las fatigas pero aun así dejaba que su tierno hijo caminara. Viéndose de nuevo censurado, el padre mandó al hijo a cabalgar junto a él pero, oh sorpresa, se encontraron a otros que juzgaron a mal la inmisericordia con la pobre mula. Desde luego, para el animal llevar ese peso no era bueno.

Yo, a leer esto y reflexionar un poco, acabé optando, naturalmente, por lo más difícil: tratar de ser feliz sin darme al juicio de los otros. Y es que, no lo olviden, siempre que no se obre mal el qué dirán ha de ser la última de nuestras preocupaciones.

SImón José Ortiz
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