sábado, 30 septiembre 2023
domingo 28 de mayo de 2023 - 12:00 AM

Una mirada al ‘Alma del cóndor’ en Santander

Centrar el discurso de la conservación sólo en la protección y la prohibición es desconocer los saberes ancestrales, las comunidades, los científicos y la misma especie. ¿Qué hacer? “Alma de cóndor” muestra cómo los actores que convergen en el páramo de Almorzadero, hábitat del ave insignia de Colombia, trabajan por una coexistencia en la que todos se beneficien.

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A seis horas de terminar la grabación de “Alma de cóndor”, el documentalista Frank Alexander Rodríguez Rojas no tenía una imagen en cámara del ave insignia de los Andes (Vultur gryphus), protagonista de su documental. Comenta que, pensar en ir al páramo del Almorzadero (provincia de Soto) donde anidan y habitan los cóndores de los Andes, y que de un momento a otro estas aves saldrán al recibimiento de extraños para mostrarles su majestuosidad, es sin duda, un gran error. Cuando lo místico, lo sagrado y lo científico confluyen, el humano poco tiene por hacer.

Empezó a dudar de todo lo que había planteado para su historia, porque le parecía extraño que cada vez que viajaba a Cerrito, Santander, como parte de la investigación, los campesinos le contaban los problemas que tenían debido al cóndor. Al tiempo, veía cómo la comunidad se organizaba alrededor de proyectos productivos enfocados en el turismo, el avistamiento de aves y las artesanías hechas con lana de oveja, y esto lo contrariaba un poco al buscar respuesta sobre el rumbo que debía tomar su historia.

¿Y el cóndor? “No aparecía frente a nuestras cámaras”, recuerda Rodríguez: “Escuchamos historias inverosímiles como que un cóndor se había llevado a un bebé en sus garras, que empujaban a las ovejas desde los riscos y que los pobladores de la montaña ponían trampas para envenenar a las aves”.

De la idea romántica de ‘todos debemos salvar el planeta’ por la amenaza de esta especie en uno de los hábitats más importantes del país, Frank Rodríguez también centró su mirada en “mi sustento está siendo amenazado”, frase recurrente de los campesinos. Pero, ¿cómo dar equilibrio al documental sin señalar al cóndor como el ‘malo de la película’ y solo mostrar como víctimas a las comunidades? Incluso, ¿cómo contar que existen grupos de la población que se dedican a preservar e informar sobre la especie, y que creen en la convivencia entre el hombre y el ave?

Debía encontrar el punto medio, ya que la realidad en los páramos de Colombia es que el hombre también deja huella, habita en ellos, los preserva, los protege, los explota y los contamina. Estos territorios dan el sustento a sus animales; son escenarios para los científicos que buscan respuestas; son fuentes de agua y vida para las comunidades rurales y urbanas. Además, son las ‘joyas de la corona’ en términos ambientales y coloquiales, y el centro de una discusión que pareciera darse a la sombra del interés común: la explotación minera de multinacionales.

En uno de sus viajes a Cerrito conoció a la bióloga María Alejandra Parrado Vargas, investigadora que desde 2014 visita esta zona. Las primeras preguntas que Rodríguez y su equipo le hicieron a la experta en carroñeros, apuntó a descifrar qué tan cierto era que los cóndores “se llevaban a las crías de ovejas al punto de hacerlas perder el control para que cayeran por los riscos”, y luego devorarlas. Parrado les explicó que hay mucha especulación al respecto, pero que sí existen pistas sobre otros comportamientos y hábitos de esta especie. Como ellos, también buscaba respuestas a través de la instalación de cámaras trampa, del seguimiento vía GPS de algunas aves que monitoreaban a partir del consumo de carroña que les dejaban los campesinos y de la capacitación a estos pobladores sobre la conservación.

“Nos contó que en Almorzadero habían más cóndores de lo imaginado, que en dos o tres zonas del lugar podían llegar 22 ó 23 cóndores, que algunos son diferentes porque tienen ciertas plumas, la cresta para determinado lado. Me llamó la atención la forma como ella se acercaba a la especie”, asegura el también profesor del programa de Artes Audiovisuales de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, Unab.

Solo había un detalle que Frank Rodríguez había dejado de lado. Se ríe al recordarlo porque pensó que eso no importaba en el rodaje. Al conocer a la bióloga Parrado, esta le dio un consejo y él no lo tuvo en cuenta de inmediato. Recordó que durante año y medio de trabajo no lograron grabar al cóndor sobrevolando el páramo de Almorzadero. “No había visto un cóndor cerca”, dice, solo los observaban a lo lejos, en los riscos, tan diminutos que ante el lente de una cámara resultaba imperceptible: “Íbamos a terminar un documental del cóndor sin cóndores, porque se nos habían escondido. Y le hice caso a Alejandra en ese momento”.

En sus conversaciones, ella siempre le preguntaba si él y su equipo pedían permiso a la montaña cada vez que iban, si la saludaban e invocaban la presencia de los cóndores. El equipo de producción jamás lo había hecho.

“Esa mañana me acogí a ese consejo: no hablemos en el rodaje, caminamos tranquilos, y en el momento en el que estamos haciendo una entrevista a un campesino en la parte alta de la montaña, de repente el fotógrafo dijo ‘¡vienen!’. Yo miraba para todos lados, me asusté porque páramos como Almorzadero tienen una historia de violencia y de grupos armados muy fuerte. Cuando volteamos a mirar el cañón, venían los cóndores. Alcancé a tener un cóndor a cuatro metros de distancia y el camarógrafo a tener otro a un metro. Cuando se dio cuenta estaba grabando uno de frente y otro le pasaba por arriba de la cabeza. Se quedó suspendido sobre nosotros. Terminamos de grabar, nos tiramos al piso, no dijimos nada. Luego me levanté y dije, ‘tenemos documental’”, narra Rodríguez.

Unión de fuerzas

La bióloga María Alejandra Parrado Vargas se ha especializado en aves de carroña. Cuenta que hace parte de la fundación Neotropical y que desde hace al menos una década le sigue la pista al cóndor de los Andes.

En noviembre de 2018 y de la mano de la comunidad rural, esta organización logró el rescate de dos cóndores que se envenenaron en territorio del Cerrito. La Fuerza Aérea de Colombia los trasladó hasta el parque Jaime Duque para su recuperación. La hembra adulta y un macho joven ya recuperados, Illika y Dasán, fueron liberados el 17 de enero de 2019, y gracias al rastreo satelital se conoció que volaban desde y hasta la Sierra Nevada Santa Marta y que los páramos de Guerrero y Presidente, en Norte de Santander, son usados para anidar.

“Esto nos cambió el paradigma al hablar de núcleos de conservación de la especie”, dice la bióloga. “Llevamos estas indagaciones a escala nacional, se buscaron recursos y la pandemia se abrió una convocatoria para varias organizaciones. Fue así como se lanzó el censo nacional para conocer cuántos individuos existían”, como lo recuerda.

Del 13 al 15 de febrero de 2021, se desarrolló el censo. Como resultado se identificaron 63 cóndores diferentes en el país, “avistados en 44 de los 84 puntos dispuestos, y una tendencia leve a favor de los machos”. Asimismo, se identificó que la región de los Andes Nororientales es el lugar que más registra la presencia de esta ave; que hay más adultos mayores que jóvenes, lo que podría afectar los ciclos de reproducción.

Posterior a esto, el equipo de “Alma de cóndor” fue testigo de la instalación de seis cámaras trampa, lo cual se hizo de la mano con los campesinos de Almorzadero como parte de una jornada de capacitación, liderada por la bióloga Parrado. Estas captaron que además de los cóndores, zorros grises silvestres, águilas, pumas, tigrillos y faras se acercan a los animales en descomposición en busca de alimento. Además, los perros domésticos, asilvestrados o ferales, también estarían generando afectaciones debido a la competencia por alimentos e incluso, hasta la transmisión de enfermedades, indirectamente, al acercarse y comer de la carroña de la que también se alimentan dichas especies.

“La diversidad asociada a la carroña es muy grande y cuando se envenena una carroña, podemos perder muchos individuos de diferentes especies, lo que hace relevante la necesidad de trabajar en esta zona”, asegura Parrado.

Producto del censo, se logró hacer un mapa a nivel nacional identificando cuál es el área que necesitan los colores para dormir, refugiarse y estar seguros. “Se encontró que el 30 % de las áreas que utilizan los cóndores están dentro del sistema de áreas protegidas, es decir, que la conservación de los cóndores no depende sólo de la protección exclusiva de los ecosistemas, sino que necesita articularse con las necesidades socioeconómicas de cada localidad, de cada región, porque esto muy variable”, según explica la investigadora.

Parrado concluye que si bien algunos pobladores tienen conflictos con el cóndor, esto no se puede generalizar: “Al ver cómo se relaciona el conocimiento científico, biológico y ecológico con el conocimiento científico tradicional de las comunidades, los resultados muestran que la comunidad de Almorzadero que tiene conflictos fuertes con el cóndor es la que estructuralmente ha estado abatida por la pobreza, la falta de acceso a la educación y cuyas actividades económicas se centran solamente en la ganadería. Si un animal muere, tienen pérdidas económicas. Adicionalmente encontramos que esto se exacerba más en las fincas donde no hay un manejo veterinario del ganado”.

Y es que la situación varía y en comunidades aledañas al Parque Nacional Natural Los Nevados la experiencia de las comunidades con la especie es otra: “Las comodidades son mayores, hay más acceso a vías, educación, hay procesos de turismo rural. No digo que algunas de esas cosas no existan en Almorzadero, pero definitivamente sí es una condición que exacerba más estas interacciones negativas y los conflictos con el cóndor. Al final así queramos adornarlo con palabras, es un conflicto ambiental.

Es por esto que de la mano de otros profesionales como antropólogos e historiadores, Neotropical ayuda a la comunidad a explorar opciones como el ecoturismo. “Queremos darles fuerza para que puedan seguir adelante y conviviendo con la especie”, dice esta bióloga.

Doris Amilde Torres, lideresa de la vereda El Mortiño, en Cerrito, cuenta que uno de los mayores logros como comunidad fue conformar la Asociación Campesina Coexistiendo con el Cóndor. “Hemos desarrollado prácticas de tecnificación de la producción con los ovinos, para proteger las ovejas y reducir el impacto en el medio ambiente, y existe conflicto con el cóndor y otras especies silvestres”, asegura.

En Almorzadero también hay zonas por recuperar y que tienen potencial turístico. Es por esto que en el municipio se trabaja de forma activa y pasiva en la instalación de viveros para reproducir especies propias de la zona y se diseñan estrategias de ecoturismo responsable que no cause impacto.

“Ahora vemos al cóndor como un aliado. Somos una zona alejada y la presencia institucional es mínima o en algunos casos es nula. Muchos medios de comunicación e instituciones han vuelto a mirarnos por el cóndor. De forma responsable, queremos traer el turismo para que lo haga la comunidad, y podamos recibir grupos pequeños de visitantes que no generen impacto”, añade Torres.

Frank Rodríguez comenta que el documental enfocado en el medio ambiente es también un aporte para que estas experiencias de comunidad se conozcan. No obstante, tanto el científico como el campesino necesitan apoyo, porque la complejidad es muy grande, y en Santander “nos hemos enfocado de manera considerable en contar lo que pasa en el páramo de Santurbán, pero la posible afectación a este lugar también tendrá impacto en Almorzadero”.

Parrado insiste en que de nada sirve si la conservación no se hace de manera conjunta. Por su parte, explica que esto es una especie de “hilo conductor porque todo llega con la ciencia biológica pura y empieza a transformarse en lo que hoy se conoce como los ecosistemas sociológicos, y qué mejor que las comunidades se apoderen de estas especies, entiendan qué está pasando, que les hagan monitoreo y vean cómo van cambiando a través del tiempo”.

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Comunicadora Social y periodista. Magíster en Ciencia Política y profesora universitaria. Entre 2006 y 2014 me desempeñé como periodista en Vanguardia. Me fui a ser docente de periodismo en la UNAB hasta que, en octubre de 2022, regresé a este diario como editora y creadora de contenidos digitales. Desde 2017 soy moderadora de conversatorios en Ulibro Bucaramanga y en 2018 decidí unirme a la red de periodistas que estudian, cubren y escriben sobre la migración en América Latina. La miniserie documental “Silvia Galvis, huellas y letras” es fruto de una pasión que cultivo gracias a la lectura, la fotografía, el cine y todo aquel que quiera contarme alguna historia.

@equiskmont

xmontanez@vanguardia.com

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