martes, 07 diciembre 2021
jueves 05 de agosto de 2021 - 12:00 AM

Del fusil a los pinceles: Retratos de la memoria del conflicto

Los paramilitares mataron a su hermana, la guerrilla del Eln a su papá y el Ejército al hombre que amaba. Aprendió a pintar en el monte para no olvidar el rostro de las personas que vio morir en medio de la guerra.
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Mariana* (cambiamos su nombre para proteger su identidad) es desmovilizada de las Farc.

Pocos saben que por años llevó un fusil al hombro, el mismo que ahora ha cambiado por un pincel y pedazos de cartón paja.

En diálogo con Vanguardia, cuenta que comenzó a hacer retratos en el monte, pues dibujando los rostros de sus compañeros fallecidos fue como aprendió a mantener vivos sus recuerdos.

Llegó a las filas de las Farc tras enamorarse de un guerrillero, pero desde muy pequeña ella y su familia fueron víctimas del conflicto armado. Los paramilitares quemaron su casa y en el suceso murió su hermana de ocho meses. Años más tarde, el Eln asesinó a su papá, su mentor en el oficio de la tierra y quien desde que tuvo consciencia le enseñó a desconfiar de todos los que portaban uniforme camuflado: incluso los del Ejército.

“Nacer en el campo es ganarse una guerra que uno no pidió”, dice la mujer mientras unta un pincel de vinilo marrón. Sus pinturas conservan recuerdos de rostros, de paisajes, de sucesos que le dejó el conflicto. Todos hacen parte de su proceso de reincorporación.

La Agencia para la Normalización y la Reincorporación, ARN, adelanta procesos de reinserción social con 147 personas en Santander. De estas, 33 son mujeres y ella hace parte de este grupo.

En la madrugada, cuando todo está en calma y los niños duermen, aprovecha para sentarse a pintar. Mezcla colores por intuición, es empírica. Desde niña sintió afinidad por las artes, en especial la poesía y el teatro. Sus profesores de primaria le decían que tenía talento. Pero su habilidad en el dibujo la desarrolló cuando hacía parte de las Farc.

En el campo no se vive, se sobrevive

Nació en el campo, en una familia que vivía del cultivo de papa, yuca, plátano y ahuyama. Aunque el trabajo diario era duro, los cultivos se demoraban en crecer. Según ella, en el campo se pasa por muchas necesidades y el hambre es una de ellas. Las tres comidas, a veces, eran solo dos o una.

“La madre tierra está cansada”, asegura. Cuenta que la tierra está tan golpeada que los cultivos demoran más en crecer y lo que se alcanza a sacar “se vende a precio de cartón de huevos”.

Esta es la razón por la que, según ella, algunos campesinos recurren a los cultivos ilícitos, porque necesitan conseguir recursos para comer.

Según EE.UU., solo en 2019 se contabilizaron 212.000 hectáreas de coca en el país.

El consejo de su padre

“Si alguien con uniforme camuflado llega, ustedes se esconden. No importa quién sea, se esconden”, decía su padre. Intentó seguir el consejo lo que más pudo. Pero los hombres de camuflaje aparecían cuando su familia menos lo esperaba.

Hubo ocasiones en las que se encontró con estos de frente y las historias de desapariciones forzadas que rondaban en el campo la hacían llenarse de temor. Sus peores experiencias, cuenta, fueron con miembros del Ejército.

Al final fue inevitable que la violencia tocara la puerta de su familia. Un día, los paramilitares llegaron y quemaron la casa donde vivían. Ella se escondió y logró salir, pero su hermanita de ocho meses se quedó adentro. Años después los verdugos fueron los guerrilleros del Eln, quienes asesinaron a su padre.

Llego el amor donde menos se lo esperaba

Un día una yegua que tenía se murió y pidió ayuda a un vecino para enterrarla. De camino se encontró con un hombre de uniforme. Con él iban un hombre de negro y una mujer.

Fue la primera vez que se encontró con guerrilleros de las Farc. Sintió miedo, pero el hombre del uniforme fue amable con ella y con el tiempo se ganó su confianza.

No sabía su nombre, ni su edad, ni si tenía familia, pero la amabilidad y el apoyo que le prestaba cuando podían comunicarse hizo que poco a poco se enamorara de él.

Esta relación era secreta. La guerrilla no sabía nada de la mujer que hacía sonreír al hombre del uniforme. El hostigamiento por parte del Ejército, desde antes de conocer al hombre, le generaba temor y ansiedad, por lo que ella propuso entrar a la organización. Pidió el ingreso, pero en todas las ocasiones él le dijo que no.

Su ingreso a las Farc

Ante la negativa del hombre del uniforme, ella decidió irse a Arauca a buscar el ingreso. Pero cuando logró conseguirlo se dio cuenta que estaba en medio de otra realidad del país. Al principio le fue muy difícil adaptarse.

Empezó un entrenamiento muy fuerte. La contextura de su cuerpo cambió. Ahora cargaba un uniforme, un equipo, municiones, una granada y un fusil. Lo más duro, cuenta, era hacer guardia, mantenerse despierta en las noches, y en el día estar escondida y en silencio.

A veces, le tocaba ranchear. ‘El ranchero’ tenía la tarea de preparar la comida: “En la guerrilla primero es la limpieza, no podíamos cocinar sin bañarnos y al rancho solo entraba el ranchero y un ayudante, nadie más”.

Entre las preparaciones que hacía nombra “las cancharinas”, unas masas hechas con harina leudante que se fritaban y crecían. Un manjar en el monte.

Aún así, en medio de la incertidumbre de la guerra y los ocasionales juegos de fútbol consiguió hacer amigos, esos que con el tiempo llegó a considerar como su familia.

Método para no olvidar

“Uno en el monte pierde la noción del tiempo, no sabe de fechas, ni de días. Apuradito sabe uno la hora mirando el sol”, cuenta la mujer.

Pero hay una fecha que sí recuerda. Un primero de enero, después de varios enfrentamientos y en medio del cansancio, un celular que tenía recibió señal. Automáticamente entró una llamada. Era el hombre del uniforme, que llevaba mucho tiempo buscándola.

Tiempo después pensó en darle una sorpresa a su madre y regresó a su casa, pero con la ilusión de encontrarse con el hombre del uniforme.

No obstante, el destino impidió el encuentro. Regresaba de celebrar con su madre cuando escuchó que unos soldados habían atrapado a unos guerrilleros. Angustiada, al llegar a su casa su hermano le contó que el hombre del uniforme había salido a buscarla. No lo volvió a ver.

Ese día se enteró de su muerte. También supo su verdadero nombre, su edad y todo lo que en el principio fue un misterio. Confesó a la guerrilla su relación, recuperó el cuerpo y lo sepultó. Le quedaron unos objetos personales, pero se le dificultaba recordar su rostro.

Así que empezó a dibujar en un cuaderno para no olvidarlo. Intentó, intentó e intentó, hasta que logró retratar su cara una y otra vez.

El afán de mantener el recuerdo del hombre que le marcó la vida le permitió conocer su habilidad en el dibujo. La niña que amaba las artes seguía en su interior.

El peso de los recuerdos

El dibujo y la lectura fueron su compañía. Pasaba el tiempo dibujando a los compañeros que ya habían muerto. Así mejoró su habilidad.

Su talento se hizo tan famoso que retrató a algunos comandantes de la organización, entre ellos, a Manuel Marulanda en una tela. Sin embargo, la emoción más grande la sintió cuando pintó a una pareja por encargo.

“El monte le da a uno paisajes hermosos”, expresa ella. Cualquier imagen que la naturaleza le mostraba era susceptible de ser pintada.

Llenaba cuadernos con sus dibujos, sin embargo, conservar los recuerdos en el monte era más difícil que recrearlos. Algunos cuadernos se mojaron, otros tuvo que enterrarlos porque le hacían más peso a su equipo y no podía correr. Esta es la fecha en la que no tiene idea de dónde están esos cuadernos.

Sueña con estudiar arte

En su hogar, en las madrugadas, cuando el ambiente está en calma y sus niños duermen, intenta recordar de nuevo. Sus lienzos son pedazos de cartón paja. Al principio pintaba con la espuma de un colchón viejo, pero consiguió vinilos y pinceles en una papelería.

Vive en un rancho humilde, pero no se asusta ante la inclemencia de la pobreza. Como a muchos reinsertados, volver a la vida civil no le ha resultado fácil, pero tiene la certeza de que cumplirá su sueño de estudiar arte.

El retrato de “La Mona” decora su escritorio. Es una compañera de las Farc que conoció en Arauca y murió en combate. “Era pelinegra y soñaba con ser mona, por eso le decían así”, dice.

También tiene el dibujo de una mariposa que se para en la boca de un fusil. “Esa imagen la vi allá”, cuenta.

Porque los momentos en su mente se grabaron como fotografías que poco a poco vuelven a revelarse.

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